domingo, 11 de abril de 2021

La guarida de los lobos

            Aquella enigmática y misteriosa casa, había despertado en la gente del pueblo, distante apenas un par de kilómetros, todo tipo de sensaciones, basadas en la intriga que el desconocimiento de la misma y su ubicación, despertaba sobre todo en los más pequeños.

Encajada en una quebrada entre dos montes, en un pasadizo o desfiladero natural, era visible desde la lejanía, que le otorgaba un aire espectral, con su imponente aspecto de construcción sólida y firme, con dos plantas dónde se abrían sendas filas de pequeñas ventanas que recorrían las cuatro fachadas, conformando una mansión de una perfecta y pétrea forma regular, recortada contra la soberbia montaña que se alzaba tras ella.

Un pequeño camino de tierra, casi un senda, unía la casa con el pueblo, pasando a través del valle dónde estaba embutida, entre los montes que parecían custodiarla, cubiertos de encina y robles de un espesor tal que la luz apenas podía abrirse camino entre tanta espesura.

Cuando la niebla bajaba de la sierra, la casona quedaba medio cubierta, adquiriendo entonces un aspecto fantasmal que atraía y causaba una especie de temor e incertidumbre inexplicable en los niños, que la observaban con una mezcla de respeto y comedido espanto.

A veces la bruma la cubría completamente, y entonces causaba la impresión de que repentinamente se había esfumado, de que había desaparecido como por arte de magia, como por encanto, lo cual acrecentaba la leyenda de que durante ese lapso de tiempo, así como durante las noches, la casa desaparecía, pues resultaba imposible vislumbrar luz alguna a través de unas ventanas, que casi siempre estaban cerradas.

Se la conocía por la casa del monte. Estaba habitada por una extraña familia compuesta por el matrimonio y un hijo, que iba a la escuela del pueblo andando por la vereda, todos los días, salvo cuando alguna formidable nevada en invierno, algo bastante habitual, se lo impedía.

Apenas hablaba con el resto de los niños. Conocíamos su nombre, y nada más. En cuanto a los padres, pocas veces se dejaban ver, salvo cuando iban a comprar al pueblo, algo muy ocasional y siempre de una forma extremadamente comedida, que los hacía pasar casi desapercibidos. Un halo de misterio se cernía sobre ellos.

Durante los fríos y largos inviernos, la casa se divisaba cubierta permanentemente de nieve, fundiéndose con el paisaje de un blanco inmaculado e iridiscente, provocado por los rayos del sol al incidir sobre la capa de hielo y nieve que todo lo cubría.

La montaña destacaba al fondo como si ejerciese de silencioso y firme guardián de la casa, envuelta en su soberbio manto de suave y aterciopelado armiño, dibujando un hermoso y espectacular cuadro propio de un paisaje de montaña, con un encantador y poderoso atractivo que resultaba mágico y sugerente, atrayendo a cuantas miradas pudieran posarse en él.

En las largas noches de invierno, se podían apreciar con toda claridad y contundencia, los agudos aullidos de los lobos, que abundaban por aquella zona, dónde tenían sus guaridas. Manadas enteras solían bajar de la sierra, cuando como en el último año, el invierno había sido particularmente duro y helador.

Llegaban desde la montaña hasta el monte en busca de un alimento que allí no podían encontrar, debido al tupido manto de nieve y hielo. Largos y profundos lamentos, que en noches de luna llena se acrecentaban considerablemente, hasta el punto de conformar un coro de aullidos perfectamente orquestados y audibles desde una considerable distancia.

Cuando en el monte no encontraban el alimento que necesitaban, bajaban hasta el pueblo, dónde en alguna ocasión se habían llevado alguna oveja, cordero u otro pequeño animal, entrando en las tenadas, corrales y rediles, sin apenas hacer ruido, sin hacerse notar.

Sólo el balar de los animales, aterrorizados al ser atacados, y el ladrido de los perros, que poco podían hacer ante el ímpetu y la sagacidad de los lobos, denotaban su presencia, siempre cuando ya era demasiado tarde para evitar las consecuencias de su acción.

Por alguna poderosa, inexplicable y misteriosa razón, no se conocía, ni se tenía noticia alguna acerca de algún ataque de los lobos en la casa del monte. Es como si respetasen la casa y hubiesen decidido no llevar a cabo ninguna incursión en ella, pasando de largo en su marcha hacia los alrededores del pueblo, que es dónde actuaban con cierta frecuencia en los años en los que el invierno se mostraba más crudo.

Descendían por la falda de la sierra evitando la casa, pasando por los montes laterales en mandas compuestas por varios animales, que en un silencio sepulcral, llegaban durante la noche hasta las majadas de los animales, e incluso hasta los corrales de las casas, adonde llevaban a cabo sus sangrientos ataques.

La gente del pueblo, solía estar al acecho cuando cabía esperar su llegada. En alguna ocasión, fueron sorprendidos, pero rara vez lograban abatir a algún lobo. Entonces retrocedían, escapando sin sus presas, huyendo al amparo de las sombras de la noche.

Los años más fríos, cuando cabía esperar que bajasen en busca de comida, organizaban batidas compuestas por grupos de vecinos que recorrían el monte y la sierra en busca de las guaridas. Casi siempre lograban matar alguno, pero no obstante tenían la certeza de que ello no los iba a disuadir en absoluto. Tal era su necesidad de alimento.

Nadie tenía conocimiento de que el propietario de la casa participase en las partidas contra los lobos. Siempre encontró alguna excusa para ello, algo que no gustaba en el pueblo, pero dado el hecho de que el trato con él se reducía a la mínima expresión, nadie le pedía explicaciones ni le afeaba su actitud negativa.

Simplemente ahí terminaba la determinación de encontrar alguna justificación, que en cualquier caso a nadie iba a convencer. Era gente extraña y poco comunicativa. Llevaban allí muchos años, y no por ello mejoró en ningún momento su relación con las gentes del pueblo.

Apenas los veían, y nadie sabía de ellos, más que por sus escasas visitas al pueblo. Nadie había entrado en la casa del monte. Tan sólo al pasar por el camino, en dirección al monte, algún campesino dijo haberlos visto merodear por los alrededores.

Por la noche, desde el pueblo era visible como si se tratara de una leve hoguera encendida en el monte, como si apenas unas velas estuvieran encendidas en su interior. Tan sólo era visible en las noches más oscuras, contrastando con la tenebrosa oscuridad, que le daba un aire de una soledad tétrica y siniestra a la vez.

La casa permanecía permanentemente cerrada. Rara vez las ventanas estaban abiertas, así como la puerta, que nadie había osado traspasar. Todo estaba encerrado en un misterio al que las gentes estaban ya tan acostumbrados que lo tomaban por algo habitual.

Tan sólo para los niños, la casa del monte seguía estando envuelta en un halo de misterio que los acompañaba el resto de su infancia, y que con los años lograban desterrar. Era como si fuera algo lógico, nada inusual, que formaba parte de su vida diaria y la del pueblo. Era la casa del monte, una más, alejada del pueblo.

Un día de invierno, el niño no asistió a la escuela. Había nevado con insistencia, como casi siempre en invierno, pero la nevada no había sido particularmente intensa, y el camino estaba en buen estado. Tampoco fue al día siguiente, ni al otro. Pasaron dos semanas y nada se supo de él ni de su familia.

Un grupo de personas del pueblo decidieron acercarse a la casa, algo poco habitual, salvo que fuese expresamente necesario pasar por allí para llevar a cabo alguna faena en el monte. Tomaron el camino apenas visible por la nieve, sin que ello fuese obstáculo para seguirlo.

Pronto divisaron la casa. No se veía actividad alguna en los alrededores. Todo parecía cerrado, tanto la puerta principal como las ventanas. Era por la mañana, y el día amaneció cubierto por las nubes. Leves e ingrávidos copos de nieve caían suavemente, y el frío era intenso, pero soportable.

Tan sólo una ventana parecía estar abierta. Antes de llamar a la puerta, se acercaron a la ventana y miraron a través de uno de los cuarterones. Los cristales estaban en parte cubiertos de nieve y ligeramente empañados en su interior. Se trataba de la ventana de la cocina.

Dos adultos y un niño  estaban sentados en una mesa de espaldas a ellos. Parecían estar comiendo. Tenían la cabeza agachada y las manos apoyadas sobre la mesa. De improviso, y al unísono, los tres se volvieron hacia la ventana. Un repentino escalofrío recorrió el cuerpo de todos los que estaban contemplando el increíble espectáculo.

Lo que vieron les heló la sangre: tenían los ojos, la mirada y la expresión de los habitantes de la casa: pero no eran ellos: se habían transformado en lobos.

Santa Maria del Cerro

            La llegada del alba sorprendió al leve y solitario pueblecito, colgado en su pelado cerro, con sus gentes dormidas en un profundo sueño, a la espera de un nuevo día, que como todos, apenas les traería nada nuevo que destacar en sus rutinarias vidas, nada especial y distinto a los inmediatos anteriores.

Santa María del Cerro, tomaba su nombre de la patrona del mismo, o quizás al revés. Era difícil precisarlo, pues los archivos tanto del ayuntamiento como de la iglesia, nada aclaraban al respecto, ya que apenas se retrotraían en el tiempo a unos insuficientes cien años. Los viejos del lugar, muy numerosos y con muchos años a sus espaldas, nada aportaban al respecto.

Cada día se parecía al anterior como dos gotas de agua. Toda la actividad familiar se desarrollaba con la misma parsimonia habitual, sin alteraciones destacables, ni en el horario, ni en los trabajos diarios, ni por supuesto en las comidas, los descansos y las horas de ir a la cama y levantarse.

Hacía rato ya que en el corral, el gallo más veterano, como cada amanecer, se había hecho notar, y así, campando por sus respetos, había entonado el canto habitual elevando su cresta y su cuello hacia el cielo, a la misma hora, como un reloj de precisión, anunciando con ello la llegada de un nuevo día.

El pueblo no llegaba a la centena de habitantes. De casas bajas, algunas de dos plantas, con fachadas desiguales, algunas pintadas de unos colores indefinibles, que tendían a veces al blanco y a veces al gris. Colores casi siempre desteñidos, desgastados por los elementos meteorológicos y por un sol impenitente que se cebaba inmisericorde y despiadado sobre el yermo cerro  en el que se hallaba asentado desde hacía tantos  siglos que nadie era capaz de precisar.

Apenas podían divisarse árboles ni otra vegetación que pudiera suavizar el tórrido efecto del sol.Tan sólo unos pocos álamos blancos bordeaban un tímido arroyuelo que en su día debió ver correr el agua por su cauce, pero que ahora apenas era un leve recuerdo de lo que fue.

Casi todo el año estaba seco. En sus márgenes quedaban aún unos huertecillos, tan secos como el arroyo, hasta el punto de que para regar las contadas hortalizas y algún árbol frutal que aún se mantenían en pie, debían bajar agua desde el pueblo, ya que el pozo que cada huerta poseía, hacía años que se había secado.

El pueblo se encontraba sobre un promontorio dentro de una profunda hondonada, de tal forma que para divisarlo había que acercarse lo suficiente para poder verlo, desde el comienzo de una vertiginosa bajada por un camino lleno de curvas que llevaba hasta su base para comenzar después la subida hasta su casco.

Parecía desde lejos, como si una pequeña aglomeración de casas desiguales se hubieran puesto de acuerdo para cercar el único espacio abierto, la plaza, a modo de escudo defensivo de la misma, en cuyo centro se hallaba una fuente cuyo caño vertía incansable el agua que depositaba en un abrevadero que con frecuencia solía rebosar el líquido elemento por sus bordes. Un par de bancos y tres árboles, completaban el conjunto.

Para acceder al pueblo por el camino principal, era preciso cruzar el riachuelo por un pequeño y destartalado puente confeccionado a base de piedra y madera cubierto de tierra, con la anchura suficiente para que los vehículos, tanto de tracción mecánica como animal pudieran cruzarlo de uno en uno.

 

 

Desde allí se subía una empinada cuesta por un camino de tierra, que seguía una trayectoria en zigzag, hasta la entrada por la calle principal, que flanqueada por casas de una planta, con las fachadas encaladas, conducía hasta la plaza del pueblo.

La otra entrada tenía su acceso por el otro extremo del pueblo, mediante una carretera en fuerte pendiente, casi en línea recta, de menor longitud que la otra, menos transitada por vehículos y mas por carros, animales y personas, que la utilizaban para transportar los productos del campo, así como para llevar a pastar a los animales a una zoma de monte bajo que por esa zona se hallaba.

Desde el pueblo podía divisarse a lo lejos, una elevada cadena montañosa que conformaba un arco de casi cientos ochenta grados, cubierta de nieve en los largos meses del crudo invierno, y que constituía el único atractivo que el pueblecito poseía. Eran unas hermosas vistas, que contrastaban con la rudeza de los campos y que contribuían a humanizar en parte la soledad del lugar.

La iglesia y el ayuntamiento, destacaban como edificios principales, situados en la plaza, así como una cantina, la única existente, donde los vecinos se reunían por la tarde para echar la partida, así como por la noche para charlar en compañía de unos vinos, sentados en las escasas mesas o apoyados en la barra de madera.

Esa era la única distracción que cabía para los habitantes del pueblo. Los domingos se reunían en la iglesia para la misa dominical que celebraba el párroco de un pueblo cercano, que se ocupaba de las almas de varios pueblos de los alrededores.

El resto del tiempo, de los días, de los años interminables, los dedicaban a labrar y recolectar el campo y cuidar de los animales, generalmente vacas, bien lecheras, bien para venta de carne, que todos los vecinos tenían en mayor o menor medida.

La primavera y el otoño eran estaciones que pasaban casi desapercibidas, sin apenas diferencias, con temperaturas suaves y sin grandes contrastes y cortas en su duración. Sin embargo los largos veranos eran ardientes y extremadamente calurosos. Los inviernos eran terribles, duros, eternos y extremadamente fríos.

El verano se hallaba ya en su punto álgido. Pese a que la salida del sol apenas era perceptible, ya se adivinaba que éste iba a ser un día extremadamente caluroso, implacable con los escasos habitantes del pueblo, que comenzaban a desperezarse en sus lechos.

La intención de las gentes, era la de aprovechar las primeras horas del día, cuando el calor aún les proporcionaba un respiro, antes de las horas centrales del mediodia, temibles, porque el bochorno se tornaba insoportable, abrasador e inhumano.

El aire se hacía entonces irrespirable. El sol golpeaba sin piedad el pueblo y los campos. La falta de vegetación se hacía notar, pues nada paliaba el inclemente efecto de sus abrasadores rayos. Era un verano en el que las elevadísimas temperaturas que se estaban alcanzando, lograban alterar los ánimos de una gente que trabajaba de son a sol en el campo.

 

 

 

 

Nadie del lugar, ni siquiera los más ancianos, recordaban un verano semejante. Lo comentaban en familia, en la cantina, en las charlas que de parte tarde tenían lugar en la plaza alrededor de la fuente, sentados en los dos únicos bancos existentes, bajo los tres únicos árboles que allí habían logrado crecer.

En las puertas de las casas, ya al atardecer, cuando el sol se escondía, se sentaban las mujeres y los hombres más ancianos, para charlar y comentar la jornada, siempre después de regar con agua fresca la entrada de la casa y parte de la calle, al tiempo que regaban los tiestos y las plantas en una ceremonia que tanto éstas, como los vecinos agradecían de buen grado.

En la casa de Félix el manco, que así le llamaban por haber perdido un brazo durante la guerra, la familia comenzaba a desperezarse, con la aparición de las primeras luces del alba. Nunca quiso aclarar como lo perdió, ya que jamás se le oyó hablar de ello, y nadie osaba preguntárselo. Nadie le oyó jamás hablar del tema, pero de todos era sabido que había sido durante la contienda que enfrentó a los dos bandos en la fratricida guerra.

Una vez aseados, se sentaban a la mesa de la espaciosa cocina para tomar el desayuno. Era la pieza más importante de la casa, como en todas las del pueblo. Una ventana, con dos grandes cuarterones daba a la calle. En el centro una mesa redonda con faldas y con brasero para los duros días de invierno. Alrededor, una lumbre baja, una cocina económica con un fregadero y algún electrodoméstico. Un armario y algunos muebles bajos, completaban la simple y sencilla decoración

Juana, la mujer, disponía los tazones de leche para su marido y los dos hijos, Andrés, el mayor, y Pedro, el más pequeño. Una abundante fuente repleta de tostadas y un plato de galletas, conformaban un desayuno que era el habitual, que no variaba ni en los días festivos, ni en los fines de semana. Acaso en las fiestas, dos días al año, en el que en las casas se solían hornear algunos bollos, rosquillas y otros dulces típicos del lugar.

Mientras tomaban el desayuno imperaba casi siempre un sórdido silencio que nadie osaba romper. Sólo por algún comentario, poco habitual acerca de las faenas del campo o del cuidado de los animales. No solían mirarse a la cara. Dirigían su mirada hacia el tazón y esporádicamente a la calle a través de la ventana. Así un día tras otro.

Eran frecuentes las discusiones en el seno de la familia, algo que sin embargo jamás tenía lugar por la mañana, sino a la hora del almuerzo, cuando los tres hombres volvían del agotador trabajo y los ánimos, a causa de ello, estaban más predispuestos para desatar una ira contenida.

En el pueblo era de todos sabido que estas discusiones tenían lugar ccon frecuencia. Era la familia que más fincas tenía en el pueblo y la que mayor número de cabezas de ganado poseía. Era por lo tanto, la familia de Juan el manco, la más rica del pueblo, aunque ningún dispendio hacían. Juan estaba dispuesto a ahorrar cuanto se ingresaba por la cosecha, la leche, y las vacas que se vendían.

Ni la mujer, ni los hijos estaban de acuerdo con la manera de llevar aquella precaria economía de gastos. Todos trabajaban como animales en el campo y con las vacas. Todo el año, desde el alba hasta el ocaso.

 

 

 

 

Luchaban a brazo partido en el campo y con los animales, así como con las inclemencias de un tiempo que en invierno y verano resultaban agotadoras y que no les daban respiro alguno.

Juana, la mujer, Trabajaba casi lo mismo que los demás. Iba con ellos y  llevaba a cabo los mismos trabajos. Además llevaba el peso de toda la casa. Ella cocinaba, tenía que lavar, fregar, planchar, dar de comer a los animales.

Todo ello sin recibir ningún reconocimiento, ni de su marido, ni de los hijos, sin poderse dar la satisfacción de comprarse algo de ropa, salvo una vez al año que iban a la ciudad, y siempre con un presupuesto muy limitado que apenas le daba para nada.

Una noche, a la hora de la cena, tuvo lugar en la casa una fuerte discusión. No era la primera vez, pero en esta ocasión, las voces pudieron oírse en las casas colindantes, incluso desde el exterior, desde la calle, donde algunos vecinos pudieron escucharlos una vez más.

Los hijos, con la anuencia de la madre, que en esta oocasión no salió en defensa de su marido, como solía hacer, le recriminaban al padre el hecho de que vivieran con tantas estrecheces, con lo más elemental, cuando podían vivir mejor, y disfrutar de las rentas que su duro trabajo debía proporcionales.

Como el padre se negara rotundamente, los hijos le pidieron entonces que les adelantase lo que les correspondía de la herencia, al menos, un adelanto, le dijeron.

Se negó rotundamente y a gritos les amenazó con desheredarlos si no cesaban en sus demandas. La discusión subía de tono progresivamente, y llegó al punto de que casi llegan a las manos. Si la madre no hubiese intervenido, así habría sucedido, tal era el grado de irritación e ira contenida.

Llegado a este punto, y según contaron los hijos, el padre se reafirmó en todo aquello que había expuesto, y les gritó que estaba dispuesto a irse de esa casa, donde la avaricia y la falta de respeto era la único que encontraba, algo que no estaba dispuesto a soportar.

Pasaron los días. A partir de la violenta discusión, los hijos y el padre dejaron de hablarse. Juana, la mujer, apenas le dirigía la palabra, y él, no volvió a abrir la boca, si no era para lo más imprescindible. Ni siquiera dormía ya en la misma habitación con su mujer, como lo había hecho durante tantos años.

Un día desapareció. Según contaron a la guardia civil, faltaba algo de ropa y el dinero que él guardaba en un escondido lugar, que sólo él y su mujer conocían. Juana nunca quiso hablarles a sus hijos de su existencia por no complicar más la tensa situación ya existente.

Nadie le había visto salir, nadie le había oído levantarse, nadie sabía nada, ni en la casa, ni en el pueblo. Había desaparecido sin dejar rastro alguno. Le buscaron por los alrededores, por los pueblos vecinos. Miraron en el arroyo, en los huertos, en los pozos, en el bosque. Nada.

Treinta años más tarde, se iniciaron los trabajos para la construcción de una autopista que pasaba cerca del pueblo, por los antiguos huertos, hoy abandonados. Al llevar a cabo los trabajos de excavación del terreno, apareció un cadáver debajo de una montaña de piedras que anegaban uno de los pozos. Tenía el cráneo partido y en vida había sido manco: le faltaba el brazo izquierdo.

El pueblo fantasma

            Acababa de terminar la carrera de magisterio, que le había llevado casi cuatro años de su corta vida. No sabría decir qué es lo que le llevó a tomar esa decisión. Quizás era demasiado joven para saber lo que más le convenía para su futuro, o quizás, simplemente, le había parecido que se trataba de una carrera corta, sin demasiadas complicaciones y para la que se sentía plenamente capaz.

No ignoraba, no obstante, que aunque la posibilidad de que le dieran algún pueblo como maestro rural era bastante alta, ello conllevaba el hecho de que tendría que vivir lejos de su lugar de origen, de su pueblo, de su familia y de los muchos amigos que tenía, algo que no le seducía en absoluto.

Por aquel entonces, cada pueblecito por pequeño que fuera tenía su escuela unitaria de enseñanza primaria. Es decir, una escuela para las niñas y otra para los niños. Esto le permitía pensar que podrían darle algún pueblecito o aldea situado en cualquier rincón de la provincia, pues por pequeño, ínfimo y destartalado que fuera, sin duda tendría su escuelita y sus niños que atender.

Sabía de algunos casos que le habían contado, en los que el maestro o maestra habían incluso renunciado a la plaza concedida, bien fuera como provisional o interino, bien como definitivo o en propiedad, debido a causas de diversa índole, aunque la mayoría estaban relacionadas con le imposibilidad de soportar una insoportable soledad en lugares apartados de la mano de Dios y de los hombres.

Le habían hablado de un maestro que le habían enviado a un pueblecito de la meseta castellana, situado en una ladera que durante los crudos inviernos y gran parte del resto del año se convertía en un lodazal de piedras y barro que apenas le permitía salir de la decrépita casa dónde vivía hasta la escuela. Ni un bar, ni un lugar dónde hablar con la gente. Aguantó un curso en medio de una soledad insoportable.

En otro caso, a otra maestra le dieron una aldea, en la falda de una sierra. Vivía en unas ruinas de lo que pareció ser un castillo en tiempos lejanos. Sin apenas luz, por la noche adquiría un tono fantasmal y siniestro, que le aterrorizaba. Tal fue el insuperable miedo y la desesperación que le atenazaban, que decidió abandonar, renunciando a la plaza antes de cumplir los dos meses de tan tétrica y espantosa estancia.

Estas y otras consideraciones le movían de vez en cuando a desistir por el momento a la hora de solicitar una plaza. Pero al mismo tiempo, deseaba fervientemente ejercer una profesión para la que se creía plenamente capacitado, a la par que sentía un cierto deseo de vivir una situación, que aunque no calificaba de aventura, sí le atraía lo suficiente como para que le atrajese.

Le seducía la idea de llevar su escuelita, de dirigirla a su aire, a su antojo, aportando los conocimientos que había adquirido en la Escuela Normal de Magisterio. Conducir a sus alumnos por los nuevos derroteros que él consideraba los más adecuados.

 Enseñarles las diferentes asignaturas, que recientemente se habían fijado por el Ministerio de Educación, y que habían superado ya los antiguos y superados planes de enseñanza, como los que incluían aquel dechado de saber que era la Enciclopedia Álvarez, tan estimada en su tiempo, pero que había quedado ya anticuada para la actual modernidad.

Inculcarles el amor por el conocimiento, desarrollar en ellos la capacidad por sentir curiosidad por descubrir cuanto les rodea, desentrañar todo un mundo que hasta entonces ni podían imaginar, desarrollar en ellos el  interés por la lectura, descubrir la poesía, el amor por la belleza y el respeto por la naturaleza.

Todo ello le animaba poderosamente a solicitar un pueblo para lleva a cabo su labor. Esperaban que se lo concediesen pronto, pues había necesidad de maestros y eran muchos los destinos que solían quedar libres al final de cada curso y muchos también los maestros que se jubilaban, por lo que de inmediato, y con tiempo, se dirigió a la delegación del ministerio para llevar tal efecto tal hecho.

Al cabo de más de casi tres meses, le concedieron una plaza en un pueblecito, cuya ubicación hubo de consultar en el mapa. No lo pudo hallar de momento, así que  recurrió  a otro mucho más detenido y exhaustivo, y aún así apenas hacía referencia al mismo, lo cual le hizo pensar que había de ser de muy pequeño tamaño.

Profundizando en sus averiguaciones, supo que estaba situado a unos ciento cincuenta kilómetros del pueblo dónde vivía habitualmente. El último censo de hacía ya unos años, le otorgaba una población de poco más de cien habitantes, y estaba situado en plena meseta castellana, lejos de cualquier parte, de cualquier núcleo de población importante.

Averiguó que no existía ninguna comunicación directa, y tan sólo llegó a saber, que un coche de línea, pasaba cerca de allí dos días en semana, por lo que tendría que ir a pie alrededor de dos kilómetros si utilizaba el autobús correspondiente.

Las referencias no eran muy halagüeñas. Más bien eran un tanto desoladoras, pero era su primer destino, su primera experiencia como maestro, y no estaba dispuesta a renunciar, por lo que admitió el nombramiento y se dispuso para la partida.

Su padre le dejaría el seiscientos, coche que apenas utilizaba y que le sería muy útil dadas las circunstancias. Su madre le preparó la maleta, y un día de un intempestivo de finales del mes de octubre partió en su ya veterano cochecillo con toda la ilusión del mundo, y con la mente puesta en la escuela que iba a dirigir.

Mientras conducía lentamente, sin apenas tráfico, por la infame carretera de tierra, aún sin asfaltar, como la mayoría, y bajo un cielo gris que amenazaba permanentemente una inminente lluvia, se preguntaba por qué no le habían nombrado a principio de curso.

Lo había solicitado con el tiempo suficiente para ello, pero aún así, no se lo habían concedido a principios de septiembre que era cuando el curso comenzaba, y aunque le sorprendía, no le dio excesiva importancia. Posiblemente iría a sustituir al maestro nombrado en principio al que le habrían concedido otro destino que tuviera solicitado con anterioridad.

Comenzó a llover. Primero fueron cuatro gotas, que apenas requerían de la activación de las raquetas del limpiaparabrisas. Lo ponía y lo quitaba a mano, ya que no disponía de un dispositivo automático intermitente, que ya empezaba a utilizarse en los coches más modernos.

Disfrutaba del trayecto que discurría a veces por tramos llenos de cerradas curvas, en ocasiones por rectas que parecían interminables, de subidas y bajadas con fuertes pendientes que el pequeño automóvil subía sin rechistar, pese a su poca potencia. Un pequeño y encantador coche, que casi nunca se averiaba, que se calentaba en verano, era su única pega, pero que en general era sumamente agradecido.

Las carreteras eran entonces sumamente estrechas, hasta el punto de que si dos automóviles se cruzaban, debían casi detenerse para hacerlo con seguridad. Descarnadas, con piedras y cantos que sobresalían en su martirizada superficie, desprendían nubes de polvo si estaban secas y se llenaban de charcos si llovía.

Por fin, la lluvia decidió hacerse presente. Apareció lenta y suavemente, con tranquila y relajada quietud primero, para desatarse después hasta convertirse en un auténtico aguacero que le obligó a aflojar la marcha que ya era sumamente lenta debido al mal estado de la carretera que ahora estaba completamente encharcada.

La mezcla de agua y tierra, había convertido la carretera en un lodazal, que al salpicar dejó al cochecillo de un color irreconocible. La visibilidad disminuyó ostensiblemente, debiendo ir con un exquisito cuidado para evitar los pronunciados baches ahora llenos de agua.

Aldeas y pueblecitos se iban sucediendo, salpicando el desértico paisaje de la meseta castellana. Apenas algún riachuelo, que la carretera salvaba mediante un pequeño puente de piedra. En sus márgenes surgían algún plantío de chopos, alguna alameda o algún prado donde apaciblemente pastaban los animales.

Un paisaje que conformaba un cuadro en tonos ocres como las tierras de labor, salpicado de puntos blancos, las aldeas, y de pinceladas verdes de la escasa vegetación existente. Todo ello conseguía conformar un cuadro que distraía la vista y el ánimo del maestro, que se dirigía a su primer destino como maestro.

No consiguió visualizar ninguna indicación que hiciera referencia al pueblo. Apenas había letrero alguno que señalizase los pueblos, salvo los más importantes. Es como si el pueblo hacia dónde se dirigía, así como otros de ínfimo tamaño, no existiesen.

Paró al borde de la carretera y consultó el mapa. La lluvia era cada vez menos intensa. El pueblo aparecía apenas resaltado, como si no le dieran la menor importancia, como si no tuviera derecho a figurar impreso en papel. Se situó, y llegó a la conclusión, que pese a todo, estaba siguiendo el trayecto correcto.

De improviso, cesó de llover. Llevaba ya conduciendo casi dos horas y se sentía algo cansado. A lo lejos divisó una pequeña gasolinera en medio de la nada. Se desvió y pidió que le llenasen el pequeño depósito del cochecillo.

El encargado del puesto tenía un aspecto rudo y severo que inspiraba poca confianza. Le preguntó por el pueblo, y volviendo lentamente la cabeza, que tenía dirigida hacia la boca de llenado donde había insertado la manguera, le dirigió una mirada extraña, que el maestro no supo descifrar. Le indicó el camino a seguir con una lenta y desidiosa actitud, y retomó su camino.

Calculó que le quedarían unos cincuenta kilómetros para llegar. Ante la inminente proximidad, comenzó a rememorar alguna experiencia vivida por algún maestro amigo que ya hubiera ejercido en algún pueblo. Buscó en su memoria, pero no encontró ninguna.

Entonces recordó que un amigo le había contado el caso de otro maestro que sí había vivido su primera experiencia en un pueblo. El relato le había impresionado hondamente, pues sus penurias constituían todo un ejemplo de los avatares que muchos maestros de escuela habían tenido que soportar.

Se trataba de un pequeño pueblo al que se llegaba por un estrecho camino de tierra que se tomaba durante varios kilómetros después de abandonar la carretera comarcal. El camino se convirtió en una senda apenas visible cubierta de hierba. Según su relato, condujo hasta llegar a una fuerte bajada. Después de una curva, divisó el pequeño pueblo, encajado en una hondonada.

Enfiló la que calle de entrada custodiada por sencillas casas bajas de fachadas blancas y puertas de doble hoja sin que nadie pudiera divisar. Llegó a una pequeña plaza y paró frente a una casa que parecía ser el ayuntamiento. Llamó a la puerta y nadie respondió.

El silencio era total. Parecía un pueblo abandonado. Oyó cómo una puerta se abría en el otro extremo de la placita. Un hombre salió y se dirigió hacia él con determinación. Le dijo que era el alcalde. ¿Qué desea? Preguntó. Soy el nuevo maestro, respondió. He sido nombrado para ocupar la plaza que estaba vacante, y que según supo después, llevaba bastante tiempo sin cubrir.

Le esperábamos, dijo el alcalde. Nos lo habían comunicado hace tiempo y llevaban esperábamos desde hace dos semanas, lo que le hizo suponer que los niños debían de llevar sin maestro un tiempo que no podía precisar.  Lo preguntó, y el alcalde le dijo que le pondría al corriente, que ahora lo primero era encontrar una casa dónde se pudiese albergar.

El alcalde había intentado hallar una casa de alojamiento para el maestro, pero fue en vano. No es que los vecinos se negaran, sino que eran conscientes de que no reunían las mínimas condiciones de comodidad y salubridad necesarias. Todas las casas carecían de ellas.

Al final, y ante el evidente riesgo de que el maestro tuviera que renunciar, un vecino se comprometió a ello. Entró en la casa. Su habitación era un espacio oscuro, estrecho y húmedo. Apenas cabía una pequeña cama, un armario de reducidas dimensiones y una palangana.

Preguntó por la cuarto de baño. No existía. Sus funciones lo hacía la cuadra, dónde tendría que compartir el poco espacio disponible con los animales de labor que allí pacían y dormían. Entre ellos tendría que llevar a cabo sus necesidades, utilizando el contenido del pajar adyacente como el agua de la inexistente cisterna.

El desolador panorama se completaba con una reducida cocina que además hacía las veces de comedor y de sala de estar. La familia se componía del matrimonio y dos hijos en edad escolar. La señora se deshacía por complacer al maestro en la medida que podía.

El marido era una de esas personas, cuya ignorancia se convertía atrevimiento. Mantenía con el maestro unas discusiones absurdas que le dejaban exhausto. Pensaba, por ejemplo, que el infierno estaba en el centro de la Tierra, ya que decía que no ignoraba que al profundizar en el suelo, la temperatura aumentaba. De nada servía tratar de hablarle del grado geotérmico. Y así con otros temas.

Con el tiempo dejó las charlas de cocina y por la tarde se iba a la escuela, situada en el otro extremo del pueblo, en un cerro, dónde compartía espacio con la iglesia. Cuando soplaba el viento, el lugar adquiría unos tintes épicos. El viento silbaba de tal manera que ponía los pelos de punta.

Los niños llevaban un curso deplorable. Ninguno de los maestros que por allí habían pasado, y habían sido varios en el último curso, pudo soportar las penosas condiciones de vida en las que tenían que desenvolverse. No existía bar alguno dónde tomar una cerveza, ni lugar alguno de reunión. La soledad era absoluta. Todos renunciaron a las pocas semanas.

La maestra tenía a las niñas y el maestro a los niños. De todas las edades, de todos los cursos. Un maremágnum dónde poco o nada se podía hacer en el plano pedagógico. Pronto tuvo que llamar a la inspección provincial para solicitar un cambio. Él se quedaría con los cursos superiores, niños y niñas, y la maestra con los inferiores. No recordaba nada más.

No recordaba qué fue del maestro, si continuó, algo que en buena lógica dudaba, o si renunció. En cualquier caso, y pese a todo, seguía con el ánimo dispuesto a llegar al pueblo y comenzar su labor de inmediato. Ya creía estar muy cerca, cuando se encontró ante un cruce en la carretera. Un desvencijado poste contenía un rótulo, dónde figuraba el nombre del pueblo hacia dónde se dirigía. Estaba oxidado y era apenas legible.

Tomó la dirección indicada y continuó durante varios kilómetros. La carretera se convirtió pronto en un estrecho camino y éste en una invisible senda cubierta ya por la hierba, seguramente a base de no ser utilizada por vehículo alguno.

De improviso, a la salida de una curva en una fuerte bajada, apareció el pueblo, al fondo, en lo que parecía un valle o una pronunciada hondonada.

La entrada del pueblo le condujo hasta una pequeña plaza. Paró y se dirigió hacia el ayuntamiento. Todo parecía desierto. En ese momento recordó el relato que había venido rememorando, acerca del maestro que estuvo destinado en un pueblo en ínfimas condiciones. Pensó detenidamente sobre todo ello.

Decidió entonces comenzar un recorrido por todo el pueblo. Anduvo por sus estrechas calles observando las fachadas de las casas, sus ventanas, las cerradas puertas. Nadie pisaba las calles, nadie se vislumbraba a través de los cristales. Buscó entonces la escuela. La halló en la cima de un cerro, al lado de la iglesia. Se acercó y no había niños. Ni maestros. No había nadie.

Todo coincidía. Pero no podía ser, no se podía tratar del mismo pueblo. Era imposible. Entonces, de repente, se quedó petrificado. Se le heló la sangre en las venas. Había recordado el nombre del pueblo dónde tantas penalidades pasó el maestro. Era el mismo pueblo. Y estaba abandonado. Era un pueblo fantasma.

El juguete de cartón

            Faltaban pocos días para su cumpleaños. Apenas dos o tres, o quizás más, pero a ella eso le traía sin cuidado. No tenía claro el concepto del tiempo, así que disfrutaba cada nuevo día como si cada uno de ellos fuese una fiesta.

Le decían, ya queda menos para que cumplas un añito más Pronto tendrás tus juguetes. Y eso le colmaba de felicidad. De una alegría e ilusión contenida que a todos admiraba. Los juguetes eran su pasión.

Su espontánea y tierna actitud ante el juego, tenía sorprendidos a sus padres, que veían en ella a una delicada y preciosa niña, con una especial sensibilidad, capaz de esperar pacientemente el día de su cumpleaños.

Todos los años se había mostrado así, con una tranquila emoción que estallaba el día elegido. Disfrutaba de una forma sorprendente con cualquier juguete. Incluso con los más sencillos.

El juego para ella, era una actividad que la llenaba de una felicidad y de un gozo que a todos sorprendía, pues era capaz de convertir en mágico y enormemente divertido el más sencillo de los regalos.

Sus padres y sus abuelos le habían preparado los juguetes con un especial mimo. Ella conservaba siempre los del año anterior, que aunque se los retiraban cuando recibía los nuevos, siempre tenía alguno favorito que buscaba y lograba encontrar, allí dónde sus padres se los guardaban cuidadosamente.

 Por fin llegó el día tan esperado. Apenas se levantó, los padres y los abuelos, ya estaban dispuestos para felicitarla y cubrirla de besos. Estaba radiante, feliz, ilusionada. Era su día.

La familia se dirigió con ella al salón, y se situaron a su alrededor, expectantes, plenos de una contenida emoción. De improviso, los abuelos abrieron el círculo, se separaron del resto, y, sorpresa: un montón de juguetes aparecieron como por encanto.

Muñecas, casitas, peluches y otros muchos juguetes multicolores, unos estáticos y otros en movimiento danzando y bailando, aparecieron ante la niña, que con los ojos muy abiertos y las manos en la cara, lloraba y reía a la vez.

Sus ojitos desorbitados miraban nerviosamente de un lado a otro, girando su cabecita a izquierda y derecha, siguiendo la trayectoria de los muñecos andantes y bailarines que giraban y giraban a su alrededor.

No se decidía. Trataba de atrapar a uno de los ositos danzantes y al momento se volvía hacia una preciosa muñeca que le hablaba con insistente y repetitiva dulzura con un mensaje inaudible entre el barullo general que dominaba el circo multicolor.

Volvía su carita hacia su familia sonriendo nerviosa, interrogándoles con la mirada qué decisión tomar.

A continuación volvía la vista sobre el montón de juguetes donde descubrió algunos sin abrir, envueltos primorosamente y rematados con un encantador lacito.

Se dirigió hacia uno de ellos y lo desprendió con un ligero toque de sus deditos para descubrir una linda muñequita que la miraba fijamente.

Pronto descubrió otro paquete, este mucho más grande, el mayor de todos y de vivos colores. Desató el lacito y, oh sorpresa, un encantador osito, blanco como la nieve surgió como por encanto de su encierro de cartón.

Lo tomó en sus brazos, lo besó y acarició para depositarlo después en el suelo. Se quedó observando de nuevo el jolgorio general orquestado a su alrededor. Nada quedaba por abrir, nada por mirar.

No sabía por cual decidirse. Seguía a uno, tocaba a otro, acercaba sus manitas a los juguetes bailarines que se le escapaban danzando en otra dirección.

Ninguno parecía convencerla. Le era imposible decidirse por uno de ellos. Miraba y miraba girando nerviosa y rápidamente su carita hacia sus familiares que con una contenida emoción la seguían con la vista, hasta que de pronto, su cara se iluminó.

Entre la multicolor montaña de papel de  envolver que se había formado, apenas aparecía una caja, ni grande ni pequeña, con apenas unos pocos dibujos, algo arrugada y  doblada, como encorvada y colocada en una posición inestable sobre una de sus machacadas esquinas.

Algo le atrajo de esa caja. Era diferente a las demás, pero era una caja que para ella parecía tener un poderoso atractivo. Exhibiendo unos nerviosos grititos, con pasos decididos y tan rápidos como inseguros, hacia ella se dirigió.

Colocó sus leves manitas sobre el paquete de cartón y lo empujó. Al comprobar que se movía, que respondía a sus deseos, continuó impulsándolo hasta extraerlo del montón de papeles de colores que salieron despedidos hacia los lados.

Qué exclamaciones de satisfacción, qué alegría desbordada, qué placer comprobar que controlaba y dirigía el movimiento del cartón alrededor del montón de juguetes ahora olvidados.

Cómo lucían sus ojitos convertidos en dos puntitos luminosos abiertos al compás de su boquita que gritaba de gozo y satisfacción.

Lo movía, lo paraba, lo giraba y lo volvía a empujar. Y así una y otra vez,  hasta colocarlo en una inverosímil posición que deshacía alegre y contenta, para volverlo de nuevo a su posición inicial.

Diríase que había descubierto su juguete ideal. El más preciado para ella. El juguete que le hacía más feliz. Su juguete de cartón.

La sotana del diablo

Una aciaga mañana, de un hermoso e inmaculado día de invierno, amaneció el pequeño pueblo con un manto de nieve de un blanco purísimo que todo lo cubría.

La pequeña y delicada escuelita, situada en un vieja casa de la plaza, permanecía ocupada por sus alumnos desde hacía ya un buen rato. Caldeada por la estufa de leña, con sus alumnos sentados en los pupitres, reposaban, la enciclopedia Álvarez, un cuaderno de dos rayas, el lápiz y el borrador, mientras la cartera descansaba en la cajonera.

Los niños esperaban paciente y silenciosamente la llega del maestro. Un venerable y ya casi anciano maestro de escuela, que llevaba tantos años  allí, que sus recuerdos apenas le daban para cifrar el tiempo en una fecha exacta. Tanto tiempo hacía ya desde que llegó allí destinado desde un pueblo de una lejana provincia.

 Las calles y los tejados de las casas del pueblecito ubicado en la meseta Castellana, así como la sierra tan próxima que casi se podía tocar con la mano, los campos y los prados, el río y los plantíos de olmos y álamos blancos, aparecían vestidos de ese color, con el que toda la fría, larga y dura estación invernal permanecía permanentemente pintada.

De improviso, la puerta de la escuela se abrió. Los alumnos se volvieron instintivamente al unísono en el momento en que se cerró con un golpe seco, que no era el habitual, sino que se trataba de un sonido diferente, brusco, que no era el de siempre, el de todos los días, al que estaban acostumbrados cuando el maestro llegaba, casi siempre antes que ellos, para encender la estufa.  Algo que en el día de hoy no había ocurrido y que un alumno, el mayor, se había ocupado de llevar a cabo.

 Un sobresalto repentino e inesperado, ensombreció la pacífica y tranquila quietud que se respiraba. El ánimo de los niños se vio repentinamente alterado. Sorprendidos, tornaron a mirar hacia delante, abriendo la enciclopedia con una celeridad inusitada, como si todos al mismo tiempo hubiesen recibido una orden a tal efecto, que no obstante nadie había llevado a cabo.

El pueblo, de apenas un centenar de habitantes, estaba situado en una pequeña elevación, bordeado por uno de los extremos por el rio que en verano yacía casi seco, salvo alguna poza donde aún se podían pescar truchas y barbos con la caña o con la manga, y que en invierno y primavera llegaba a tener un cierto caudal, proveniente del deshielo de la próxima e imponente sierra que dominaba una vista de ciento ochenta grados.

La montaña, que en verano aparecía vestida de un azul refulgente, permanecía de un impoluto y prístino blanco durante casi todo el invierno, siempre largo y extremo, con temperaturas tan bajas que los hielos campaban por sus respetos en una calles heladas y resbaladizas y en unos tejados, en cuyos aleros destacaban unos transparentes y cristalinos carámbanos de hielo, a modo de estalactitas que colgaban amenazantes con su extremo inferior afilado como un cuchillo de punta finísima apuntando hacia el suelo.

La gente vivía de la agricultura en su totalidad, labrando sus pequeñas y contadas fincas de trigo, cebada, centeno y algarrobas, que recolectaban a mano, segando con la hoz, desde el alba hasta el ocaso, bajo un sol abrasador, impenitente y despiadado, que no respetaba ni a hombres ni a mujeres, que sudorosos, apenas se tomaban un respiro para beber agua del botijo que traban de mantener a la sombra de un improvisado cobertizo construido con una manta y unos aperos de labranza.

Paraban para tomar el almuerzo. Extendían una manta alrededor de un árbol si lo había, o en plena solana, las más de las veces. La comida solía consistir en unas tajadas de chorizo, de butagueña y de lomo de la matanza, una tortilla, y quizás unas apelmazadas pero exquisitas sopas castellanas, que todos tomaban del recipiente de barro donde la madre lo había cocinado la noche anterior a fuego lento.

Procedentes de Extremadura, llegaban los segadores, entrañables personajes que la gente del pueblo albergaba en sus casas mientras durase su estancia y que algunos vecinos necesitaban contratar para la siega. Buena y trabajadora gente, que al término de la jornada, se reunían en torno a la mesa, en la cocina, al amor de la lumbre, para contar historias de los lugares de donde procedían.

Terminada la siega de la tierra, se procedía al acarreo de las gavillas, montones de cereal que se ataban en compactos fardos que se cargaban en el carro pinchados en los bieldos, para llevarlos a la era, espacio que cada vecino tenía adjudicado y dónde el cereal se almacenaba en capas superpuestas a modo de murallas.

Estas, cercaban la superficie de la que disponían, dentro de la cual se extendía el cereal en un círculo o parva con el fin de trillarlo, con una plataforma denominado trillo, cuya base estaba cubierta por unos finísimos cantos extremadamente afilados, que desmenuzaban las espigas, y que era arrastrado por una vaca.

Terminada la trilla, se amontonaban el cereal y la paja mezclada, con el fin de aventarla, separando el grano de la paja, bien a mano, elevándolo al aire mediante una pala de madera, para que el dios Eolo hiciera el trabajo, o bien con la máquina alventadora, que  hacía este trabajo de una manera más cómoda, introduciendo en una tolva la mezcla, que era separada por unas cribas o cedazos que eran movidos a mano mediante una manivela que las desplazaba lateralmente, de tal forma que por delante salía el grano y por detrás la paja.

Después, sólo quedaba ensacar el cereal y transportarlo hasta el granero de las casas, por un lado, y por otro, recoger la paja y llevarla al pajar, dando por finalizado un proceso que se repetía una y otra vez, hasta que todo el cereal acumulado en la era, era convertido en grano y paja, destinado a alimentar a los animales.

Estas faenas de la recolección, y las precedentes de la siembra, les llevaban la mitad del año, mientras el resto del tiempo, los labradores se dedicaban a mirar al cielo, con la esperanza de que lloviese lo justo, y en su momento, que las heladas respetasen las cosechas y los cultivos, y que el pedrisco, tan habitual en épocas próximas a la siega, no les arruinase en dos días el trabajo de todo el año.

Poco más había que hacer durante este tiempo de espera, sino contemplar el progreso de los campos, cuidar de los animales, y a lo sumo segar la hierba de algún prado, o limpiar las malezas del huerto o alguna pequeña parcela que lo necesitase, escardar, arar o reparar alguna pared de piedra o vallado de madera.

El esquileo de las ovejas que llevaban a cabo los esquiladores que venían a tal efecto en la temporada correspondiente, era otra ocupación anual, así como la matanza, auténtica fiesta familiar que duraba tres días, y que además de todo un acontecimiento, suponía un importante acopio de embutidos de todo tipo y que era la base de la alimentación que complementaba las legumbres, patatas y verduras, que no faltaban en la mesa.

La iglesia, era sin duda el edificio más singular y representativo del pueblo. Poseía una bonita estampa, de bellas proporciones, de un estilo indefinido como tantos templos de la zona. Tenía un atrio de proporciones considerables, a través del cual se entraba en una nave diáfana, sin columnas, con un artesonado de madera en el techo y un imponente retablo en la cabecera, con tablas de cierto valor, que habían sido restauradas recientemente.

Algunas de las cuales, policromadas, habían formado parte de una de las exposiciones de la capital de la provincia, cuando en ella se celebraron las Edades del Hombre. Una bellísima torre en Espadaña, remataba el hermoso conjunto, con un pequeño y encantador cementerio adosado a la misma.

Un adusto, severo y frio sacerdote, celebraba misa todos los días del año. Cubierto con una larga y negra sotana, mostraba su rostro más sombrío cuando dejado llevar por su indignación, y a voz en grito, recriminaba a los vecinos su poca asistencia a misa. No podía, ni quería entender, que durante el verano, y mientras duraba las siega y el resto de las faenas de la recolección, la gente no tenía otra alternativa que trabajar sin descanso de sol a sol, los siete días de la semana.

El bar del pueblo, era el único lugar de reunión donde los vecinos se encontraban para tomar unos vinos, charlar o echar una partida de mus, tute o brisca. Solía ir el maestro del pueblo que vivía en una casa en régimen de pensión adonde la gente le llevaba con frecuencia algún pan o embutidos de la matanza, ya que de todos era conocido que el escaso sueldo le daba para apenas poder ir tirando.

Siempre se dijo que el Régimen les había fijado una mísera retribución mensual, como castigo por el apoyo mayoritario de los maestros a la República. El cura, sin embargo, no solía ir por el bar. No era partidario de departir con los vecinos, vivía encerrado en su casa, la casa curato, ubicada frente a la iglesia., de la que sólo salía para sus misas y rosarios diarios.

Desde el campanario de la iglesia, situado en la galería corredor que abarcaba toda la Espadaña, se divisaba un espléndido panorama que alcanzaba a divisar toda la sierra, y delante de ella, los montes de encinas y robles, así como uno de especial valor, cubierto de espléndidos y valiosos enebros, que más adelante sería objeto de protección administrativa.

Las vistas del rio con sus praderas a ambos lados y que pasaba a escasos quinientos metros del pueblo, los plantíos de chopos y álamos blancos, las huertas y los huertos, que aunque similares en apariencia, los vecinos los diferenciaban, los campos de labor, y algún pueblecito próximo, completaban el encantador conjunto.

Las fiestas de mayo y septiembre, las navidades, y sobre todo la semana santa, conformaban las principales fechas a destacar en la monótona y rutinaria vida del pueblo. Destacaba la semana santa por la peculiaridad de sus oficios religiosos que duraban toda una larga semana, y que a los niños les llenaba de un cierto temor por su tétrico y grave tratamiento.

Había muerto Dios, les decían. No se podía cantar, ni escuchar la radio, ni se podía llevar a cabo demostración festiva alguna que denotase alegría o regocijo. En el centro de la iglesia se montaba un fantasmagórico, siniestro y tétrico catafalco de unas dimensiones descomunales.

Cubierto de negro, con forma de ataúd, que levantaba varios metros sobre el suelo, infundía auténtico miedo que se tornaba en terror, cuando todas las luces se apagaban y la iglesia quedaba a oscuras, apenas iluminada por la luz leve, pálida y difusa de las velas y los cirios, cuando algún oficio se celebraba.

En toda la semana, ni las campanas de la iglesia se podían tocar para llamar a misa y a los oficios religiosos. En su lugar, los más pequeños, recorrían el pueblo haciendo sonar las carracas de madera, en una algarada infantil que al menos lograba desterrar temporalmente tanta y tan sombría y siniestra ceremonia.

El cura solía aprovechar los oficios más concurridos para lanzar sus diatribas contra las buenas gentes. La salvación y la condenación eternas estaban siempre presentes en sus sermones, que lanzaba a modo de amenazas desde el púlpito, con un grave y sereno gesto que se iba descomponiendo a medida que su discurso iba adquiriendo tintes de indignada ira.

Cuando se acercaba el verano, se solían llevar a cabo las rogativas. Los vecinos seguían al cura en un recorrido que pasaba por los caminos que rodeaban el pueblo, entre los campos de trigo y cebada. El cura iba entonando unos rezos, a los que el acompañamiento respondía con un invariable ora pro nobis. De vez en cuando paraba la comitiva y el cura bendecía los campos con el agua bendita que contenía el hisopo.

El fin de dicho ceremonial era el de rogar para que el pedrisco no asolara los campos. Mientras la rogativa tenía lugar, los mozos del pueblo tocaban las campanas a mano, volteándolas con auténtica pasión y frenesí, algo que se solía hacer también cuando se desataba alguna tormenta que pudiera traer granizo.

Era un espectáculo sublime y ancestral. La lucha desigual del hombre contra los elementos. Las campanas tocando a arrebato contra la furia desatada de los elementos. Un gesto titánico y desafiante, tan primitivo como ineficaz, tan ingenuo como absurdo, propio de una fe fanatizante que el cura se empeñaba en transmitir a sus feligreses.

En verano, cuando los vecinos segaban los campos, y la iglesia apenas registraba asistencia, un día de domingo, en el sermón, lanzó un improperio de proporciones bíblicas, no exento de una perversa falta de comprensión hacia las gentes, con dimensiones de maldición. Apoyándose en la poca asistencia de los fieles a misa, manifestó a voz en grito el deseo de que un pedrisco arrase las cosechas de los campesinos.

Nadie lo podía creer. Resultaba inconcebible tal grado de incomprensión. Denotaba una ausencia total de una necesaria delicadeza, así como la  falta absoluta de piedad hacia unas gentes que se miraban asombrados entre la incredulidad general.

Al salir de la iglesia, y delante de la gente, todos pudieron contemplar, como su padre, que vivía con él, le recriminó dura, firmemente y con suma acritud, su incalificable actitud. A partir de entonces, la asistencia se resintió aún más, y el trato con la gente llegó a ser más distante y frío de lo que ya era.

Los inviernos eran eternos. Desde noviembre hasta marzo, e incluso abril, las nieves y los hielos eran casi perpetuos. La proximidad de la sierra condicionaba el clima poderosamente, y el pueblo entraba en un letargo que sólo era alterado por los domingos con la misa dominical, a la que se llamaba con los toques de campana que llevaban a cabo los monaguillos: la primera, la segunda y la tercera y última, antes de entrar.

En alguna ocasión, los monaguillos llegaban tarde a tocar la primera, y entonces el sacerdote ciego de una ira incontenible, los abofeteaba o en una actitud incomprensible, o los encerraba en la iglesia a la salida de la misa, adonde las madres tenían que ir a recogerlos al comprobar que no habían vuelto a casa.

Sus comportamientos inadmisibles, le llevaban a obligar a los niños a confesarse una y otra vez, en un acto que era un interrogatorio obsceno y sádico, más que una confesión en sentido estricto. El cura parecía disfrutar con las lascivas preguntas que les hacía y que repetía una y otra vez a las asustadas y sorprendidas mentes infantiles, que pocos pecados podían arrostrar.

Cuando el maestro faltaba algunos días, por enfermedad o por otro motivo justificado, el sacerdote ocupaba su lugar. Los niños le temían por su carácter rudo y a veces brutal. Todos se acordaban cuando en una ocasión que sustituyó al maestro durante una semana, a la mínima castigaba a los pequeños alumnos poniéndolos de rodillas con los brazos en cruz sujetando unos gruesos libros.

Las bofetadas, los golpes en los nudillos con la regla de madera y otros que estaban a la orden del día, mantenían a los niños en permanente estado de temor. Solía dejarlos sin comer por no responder a alguna pregunta, sobre todo si estaba relacionada con el catecismo, que tuvieron que aprenderlo de memoria. Algunos padres se negaron a llevar a sus hijos a la escuela mientras el cura sustituía al maestro.

Las navidades eran unas fiestas entrañables para todos, y en especial para los niños. Las primeras castañas, el turrón, los mazapanes, los polvorones y otros dulces propios de estas fiestas, llenaban de alegría y regocijo las casas de las gentes del pueblo.

Nochebuena y Navidad en familia, reunidos en la cocina, al amor de la lumbre y del socorrido y cálido brasero. La madre preparaba siempre alguna comida especial, algún postre sabroso y después los dulces navideños, que hacían las delicias de pequeños y mayores.

Y la noche de reyes. Una irrefrenable ilusión llenaba el corazón de los más pequeños. Nerviosos y plenos de alegría, colocaban los zapatos en el alféizar de la ventana y se metían pronto en la cama. El despertar era inenarrable. Un caballo de cartón, una espada de madera, unos juegos reunidos, y otros sencillos y maravillosos juguetes con los que disfrutaban y cuidaban con esmero todo el año.

Cuando los niños levantaron la vista de la enciclopedia, contemplaron con sorpresa y temor la siniestra y negra figura del sacerdote que se encaminaba hacia la mesa del maestro. Éste había tenido que acudir con urgencia a su tierra, para atender unos asuntos que no admitían demora alguna. Los niños no lo sabían, pero el cura ocuparía su lugar hasta la vuelta del maestro. Y se demoraría mucho. Demasiado tiempo. Una eternidad.

La casa del acantilado

Nada podía hacer presagiar esa clara, fría e incipiente mañana de invierno, los extraños y misteriosos sucesos que estaban a punto de desencadenarse en aquel paraje tan peculiar y solitario del Norte. Una vieja mansión se hallaba situada en el borde de los negros acantilados, dónde sólo las gaviotas con su eterno y rítmico graznido, parecían querer alterar la paz reinante.

Las incansables aves, jugaban con el viento, en una ágil y graciosa maniobra, dejándose mecer por las suaves y en ocasiones impetuosas corrientes de aire, que las elevaban y las hacían descender, mientras giraban a un lado y a otro, en un vuelo elegante y natural para estas aves marinas, que desafiaban las leyes de la gravedad cruzando desafiantes la línea donde rompía la tierra firme y comenzaba el precipicio.

El aire permanecía en calma y tan solo una ligera y agradable brisa procedente del mar, tan próximo y sin embargo tan distante al mismo tiempo, que casi podía rozarse con los dedos de la mano, lograba alterar la absoluta y deliciosa sensación de tranquila y apacible soledad que se experimentaba a esa temprana hora de la madrugada que apenas comenzaba a despuntar.

El sol empezaba a remontar un horizonte de color indefinible, intenso, tornasolado, tintado por los tonos ocres y amarillos que el astro rey esparcía a lo largo de esa infinita e intocable línea que parecía unir un mar en completa calma, con un límpido cielo, de un gris que comenzaba a cambiar hacia un incipiente azul, como si quisiese imitar el color de un océano al que la bóveda celeste protegía día y noche, desde el principio de los tiempos.

Nada ni nadie parecía decidido a contemplar tan bella estampa como la madrugada estaba regalando en esos momentos. Nadie que pudiera pasear por el borde de unos acantilados cortados en una portentosa verticalidad que sobrecogía al contemplarla, sobre unas olas empeñadas en golpear sin demasiada convicción la base de los soberbios riscos situados en su base y dispuestos a defender la base del imponente promontorio que se alzaba sobre sus pies, a una altura de vértigo.

Los acantilados se extendían hasta donde la vista podía alcanzar, configurando una línea quebrada, con entrantes y salientes, más o menos pronunciados, recorridos en paralelo por una estrecha y zigzagueante vereda que seguía el borde del precipicio a tan escasa distancia, que caminando por ella, y apenas con una leve y prudente inclinación, se podían divisar las olas en su constante y pertinaz lucha contra el fondo del acantilado.

Cualquier desliz debido a un traspié, una ráfaga de viento o una indeterminada y fatídica fuerza desestabilizadora, podía procurar un desequilibrio que precipitase una vertiginosa y fatal caída de consecuencias previsibles.

Todo ello, debido a la altura existente entre la senda y unas olas que parecían esperar pacientemente la acogida de un letal desenlace, en una solitaria y eterna espera, que las llevaba a avanzar y retroceder con los brazos siempre abiertos, dispuestas a recoger en su espumeante seno, cuanto el acantilado les pudiese deparar.

Una oscura y desigual sierra se extendía a lo largo de un arco de ciento ochenta grados. Podía divisarse desde allí, mientras la vista recorría una llanura de campos y suaves praderas de un verde intenso, que se hallaban entre el abismo y las montañas, que inmutables, parecían señalar el límite y final de aquellos parajes, de una soledad estremecedora, hasta el punto, que podría pensarse, que más allá, tras ellas, sólo la nada existía.

Ningún ente, ni racional ni irracional, parecía aventurarse por aquellos lares, donde solamente la oscura piedra de la casa del acantilado, situada a corta distancia del camino que recorría la cornisa del precipicio, destacaba de una enigmática e intrigante manera en medio de la aparente calma que se respiraba, apenas interrumpida por el silbido del viento que comenzaba a agitarse con inusitada y fría violencia, chocando frontalmente con la fachada de una construcción, tan sólida como solitaria.

A medida que el día progresaba y el sol continuaba su lento e imparable ascenso en el horizonte, el mar parecía contagiarse de ese ritmo vital de una naturaleza inquieta y dinámica, siempre en continuo y permanente movimiento en busca de un equilibrio que lograba a duras penas, demostrando con ello que el planeta está vivo, y que todas sus manifestaciones se dirigen en pos de una búsqueda de la esencia perdida inherente a su condición de haber sido un astro incandescente y violento, en una etapa anterior, en un universo en formación.

Las olas rizaban la superficie con una desmesurada fuerza, que era cada vez mayor, al tiempo que una fresca e impetuosa brisa surgía de un mar que se encrespaba con un progresivo y sonoro rugido, depositando toda su formidable energía contra las rocas próximas a los pies del titán.

La soberbia muralla, recibía los furiosos golpes de mar sin inmutarse, sin devolver el golpe, soportando estoicamente su ira y frenando sus embestidas sin protesta alguna, a sabiendas de que jamás sería vencido en la desigual lucha entre las tibias aguas y las pétreas rocas formadas a través de milenios.

Mientras tanto, en la casa se sucedían unos hechos que necesariamente pasaban desapercibidos en un exterior que solamente era capaz de escuchar el violento rugido del mar que pugnaba por deshacerse del único y pétreo impedimento, de la única barrera que se interponía en su camino hacia ella.

En forma de gigantesco dique frenaba todas las formidables embestidas de las gigantescas olas, que apenas lograban rozar la soberbia, rocosa y vertical pared, que defendía la casa del acantilado de sus impetuosos y vanos intentos por llegar hasta sus dominios.

Una tímida e incipiente luz de un débil e indefinible color amarillo, pareció por un momento iluminar una de las ventanas del último piso de la casa. Fue como si alguien desde el interior hubiese pretendido con ello dar una señal a alguien, un aviso, una tímida y rápida ráfaga indicando su posición.

Pero nada hacía pensar que la mansión del acantilado estuviera habitada. Nada parecía moverse en su interior, y nadie que pudiera estar allí, denotaba su presencia para quién desde fuera pudiera contemplar la casa de cerca.

Apenas duró unos segundos, fugaces, hasta el punto que se podría dudar, si la luz procedía del interior, o si fue el reflejo en el cristal, de uno de los rayos que comenzaban a destellar, primero tímidamente, en la lejanía de un cielo plúmbeo que se iba cerrando a velocidad de vértigo, y después con una potencia resuelta y poderosamente decidida a cubrir con su formidable luz todo un cielo encapotado y oscuramente siniestro.

Una poderosa tormenta comenzaba a formarse, situada sobre la siniestra zona, ahora cubierta de una oscuridad sobrecogedora.

De improviso, sin previo aviso que pudiera anunciar su irrupción, un estruendoso y descomunal trueno lo invadió todo con su formidable y estrepitoso rugido, que fue seguido de un formidable zigzag luminoso de una potencia inusitada, que iluminó y llenó de una clarísima, soberbia  y  cegadora luz el acantilado.

La casa surgió entonces como por un extraño y mágico sortilegio de la oscuridad en que la tormenta la había sumido, con una oscura y abrumadora fuerza, casi desproporcionada, pues por su considerable tamaño, se podría pensar que nada ni nadie podría ocultar tan formidable mole de piedra gris, que surgió de improviso de entre las plomizas sombras, como si de un espectro se tratara.

La portentosa luz generada por la tormenta eléctrica, permitió por un momento vislumbrar una extraña construcción, a modo de rampa escalonada que parecía trepar por la pared del acantilado, como si de una planta trepadora se tratara, desde su base hasta la cima de la imponente muralla.

Sucesivas descargas luminosas, permitieron contemplar con más detalle la intrigante escala de piedra tendida en la pared, que parecía dibujada, o quizás labrada en la pétrea cara del precipicio, que ascendía desde dónde las olas golpeaban la roca con inusitada fuerza, y se extendía hacia arriba apenas perceptible, aprovechando los entrantes y salientes del imponente muro.

Allí dónde la impresionante escalera no encontraba cómo asirse al titánico dique, parecía desaparecer en las oquedades que presentaba la dura superficie, para resurgir de nuevo y continuar su camino prodigiosamente vertical, siempre hacia arriba, bien en zigzag, bien en un plano inclinado, oculta por alguna protuberancia en otras, de dónde siempre volvía a salir para continuar por su impracticable e inverosímil camino.

Excavada en la roca, la inusitada escalera, apenas podría permitir el paso de una sola persona, que habría de aferrarse con auténtica y férrea decisión a cualquier saliente que sobresaliese de la pared, por pequeño e insignificante que fuera para evitar una mortal caída hacia un abismo donde las olas se encargarían de recoger y lanzar a su vez contra el muro al desgraciado ser humano que tuviese la desdicha de caer en su líquido y poderoso seno.

Era evidente que la misteriosa construcción, debía de ser obra de unos ingeniosos y formidables constructores, que debían poseer una técnica lo suficientemente avanzada como para poder llevar a cabo tan imponente construcción, que más parecía deberse al ingenio y la fortaleza de unos titanes de otro mundo, que a una dudosa habilidad y destreza de unos esforzados ingenieros perteneciente a la raza humana.

Tal era la insuperable perfección y la increíble hazaña técnica que dicha obra sugería, que ante su soberbia y formidable visión, nadie que supiera de su existencia podría evitar sentir asombro y sorpresa, que perfectamente podía pasar desapercibida, incluso a plena luz del día, oculta como estaba, excavada y pétreamente soldada en la pared del acantilado.

Pero nadie que pudiera tener conocimiento de aquellos acantilados y que pudiera haberlos contemplado de cerca, habría podido saber de la existencia de una construcción que parecía proyectada para pasar desapercibida, incluso para quienes pudieran haberse atrevido a mirar hacia el fondo del abismo desde su borde mismo.

Osarían con ello, y de manera temeraria y desafiante a un vertiginoso y fatal desenlace de su vida, dada la magnitud de una caída que la fuerza de la gravedad se encargaría de acelerar con su inapelable y fatal capacidad para atraer hacia el centro del Planeta, cuantos objetos y seres se hallan sobre ella, en un desigual desafío en el que siempre surge triunfante.

Tal era la magnitud del gigantesco desnivel existente entre la plataforma superior y la base del gigante rocoso, donde las ahora formidables olas, parecían erigirse en gigantes coronados de una blanca y porosa espuma que pugnaban por trepar por la inaccesible y resbaladiza superficie, empeñada en ocultar la soberbia construcción incrustada en sus entrañas, como si de un férreo y trascendente secreto se tratara.

Mientras tanto, la casa permanecía en un completo y espectral silencio. Su esbelta y oscura silueta aparecía de improviso fugazmente iluminada por la potente luz proveniente de los numerosos rayos que la formidable tormenta proyectaba sobre su fachada.

De nuevo, y esta vez procedente de un tragaluz de la buhardilla de la casa, surgió un destello luminoso que permaneció encendido durante apenas unos segundos, apagándose y volviendo a brillar a intervalos regulares, como si de señales Morse se trataran, hasta que después de un tiempo difícil de fijar, la oscuridad total se cernió sobre la construcción que volvió a quedar sumida en la más completa oscuridad.

Nada hacía pensar, no obstante que estuviera habitada por ser humano alguno. Ninguna señal de vida parecía proceder de allí.

No se divisaba silueta alguna tras los cristales iluminados por la luz procedente de su interior, ni por la que tenía su origen en una tormenta eléctrica que no remitía en su desatada furia, como si quisiera ocultar con ello inconfesables sucesos y hechos que pudieran estar teniendo lugar, al quedar bajo el tupido y oscuro manto que procuraba la tormenta.

Y sin embargo, todo hacía presagiar que algo estaba sucediendo en su interior. Una corriente de aire gélido y denso, se extendió por los alrededores de una edificación que pareció cobrar vida por un momento, dotándola de un tono especial, de una textura y un brillo aparente que contrastó intensamente con las cada vez más impetuosas descargas eléctricas que parecían haberse ensañado con una mansión que parecía cobrar vida por momentos.

Una vez más, se encendieron, ahora simultáneamente, las ventanas centrales del último piso y la situada en la buhardilla. Lo hicieron durante al menos un tiempo más que suficiente para que pudieran divisarse entre la brumosa oscuridad, y sin duda a una considerable distancia, siempre hacia adelante, en dirección al mar.

Un mar que parecía calmar sus ímpetus por momentos, como si los últimos acontecimientos registrados en la tormenta y en la casa, hubieran obtenido una intrigante respuesta por su parte, comportándose de esta forma, como si de un ser vivo y consciente se tratara.

Un impresionante y cegador relámpago, surcó los cielos no muy lejos del acantilado, sobre el mar que allí se debatía entre la furia del viento y la ira desatada en sus entrañas, en un imponente espectáculo que la formidable luz generada por el meteoro luminoso, impresionaría poderosamente en la retina de cualquier ser vivo que tuviese la fortuna de contemplar la soberbia demostración de una naturaleza furiosamente desatada.

En ese preciso momento, unas luces surgieron fugazmente en el mar. Fueron unos segundos, durante los cuales las olas parecieron teñirse de un arco multicolor, cual arco iris minúsculo y ondulante, en un movimiento oscilante que parecía bailar al ritmo del fuerte oleaje que imperaba en esa zona, a una distancia de los acantilados difícil de precisar, pero que con la seguridad de que serían visibles desde la casa.

Fueron las mismas luces que más tarde podían divisarse en la pared del acantilado, escalándolo, siguiendo la trayectoria de la escalera, como si se tratara de una procesión de luciérnagas que aparecían y desaparecían en la roca, formando una fila que parecía un espectáculo de otro mundo, sobrenatural y diabólico, a fuerza de no parecer humano.

Tal era el espectáculo que sólo era visible desde el mar, para un observador que gozase de semejante puesto de privilegio, algo impensable en aquellos momentos con el mar violentamente encrespado y el viento en furiosa y temeraria demostración de una impetuosa y formidable capacidad para derrochar una poderosísima energía a laque nada ni nadie podría resistirse en un Planeta cuyas fuerzas naturales sobrecogen cuando liberan todo su poder.

Al mismo tiempo que la luminosa y larga fila desaparecía por la cornisa del acantilado, las luces de la casa se encendieron todas al mismo tiempo.

Todas las ventanas se iluminaron, incluida la de la buhardilla, y por un momento, apenas unos brevísimos segundos, la puerta se entreabrió ligeramente, filtrándose a través de ella una tenue luz procedente del interior de la casa, que de inmediato se cerró, al tiempo que las ventanas se oscurecían de nuevo, quedando la mansión en una completa y total oscuridad.

A partir de ese momento, la tormenta comenzó a amainar. Los cielos se fueron despejando con una lenta y solemne parsimonia, mientras que los truenos y relámpagos mitigaban su intensidad, quedando en la lejanía su ahora limitado impacto sonoro y luminoso.

El mar entró en una inusitada calma que se iba contagiando al viento y a las olas cada vez más limitadas en su altura y belicosidad, de tal manera que apenas golpeaban ya en la base del acantilado.

Apenas rozaban ya, suave y delicadamente las rocas y promontorios que a modo de defensas, se hallaban a escasos metros de la base de la imponente muralla.

Mientras tanto, el otrora brioso e imponente viento huracanado, cedía por momentos en una violencia sin límites de la que había hecho gala, en una exhibición de una soberbia formidable.

Mientras todo esto sucedía, algo extraordinario tuvo lugar en la pared del acantilado: la escalera había desparecido.

Ni rastro de ella quedaba. La pared de la majestuosa muralla de piedra, por donde escalaba la soberbia construcción, aparecía ahora sin el menor rastro de ella, como si nunca hubiera existido, como si todo hubiera sido un sueño, una ilusión, un espejismo.

Sin duda existía. No cabía la menor duda de que por ella alguien o algo, había subido hasta la cima del acantilado. Solo una duda cabía a la vista de lo sucedido, y que parecía confirmar un hecho, que por inverosímil que pudiera parecer, podría explicar lo sucedido: la escalera se hacía visible únicamente cuando la tormenta se  cernía con toda su violenta fuerza sobre la zona.

Las nubes se retiraron, y un brillante y nuevo sol de medio día apareció como por encanto tras la espesa masa nubosa. El mar entró en calma y la casa del acantilado comenzó a ser desmantelada.

Una ingente masa de carpinteros, pintores, albañiles, electricistas y otros especialistas, surgieron de todos los rincones del inmenso estudio donde se rodaba la película, y desmontaron rápidamente la fachada de la mansión, la única construcción de dicho ingenio.

La gigantesca pantalla donde se proyectaban el mar y los acantilados, se movió para ocultarla al fondo del enorme hangar. El director dio por concluida la grabación de ese día.

Al día siguiente continuaría la filmación cuyos primeros planos se habían rodado en interiores, desplazándose todo el equipo a los escenarios naturales donde se encontraban las casa, los acantilados, y el paisaje de norte, que se había recreado en el estudio, y que se habían tomado como base para el guión de la cinta. Esta vez, no cabría posibilidad de repetir plano alguno. Sólo tendrían una oportunidad, y con ella quizás, descifrar el misterio que envolvía a la casa del acantilado.

El equipo de rodaje al completo, se dirigió al paraje del norte, dónde habían sido localizados, en una zona prácticamente virgen, que parecía que nunca jamás ser humano alguno, había osado pisar. Tan sólo lo dos cámaras que habían llevado a cabo la grabación de dicha zona desde el aire, y por pura casualidad, parecían ser los únicos que dieran fe de la existencia de aquel lugar, dando origen con ello, a la elaboración del guión. Que se vería materializado en la correspondiente película cuyas primeras escenas, se habían grabado en el estudio.

El guión contemplaba la casa, los acantilados y la escalera excavada en la roca, en la pared de la portentosa muralla acantilada. La imaginación de los guionistas había situado las escaleras, las luces de los visitantes transitando por ella, así como la presencia de vida en la casa y la violencia desatada por la tormenta desatada en el aire y en el mar.

Todo era una invención. Nada era real. Tan sólo la existencia de la construcción en el borde del acantilado, así como la aparente soledad de aquellos parajes, se correspondía con la realidad. El resto era pura fantasía. Sólo estaba en la mente de los autores del guión y del director, que se habían dejado llevar por el indudable atractivo que aquellos parajes regalaban con su aire misterioso e intrigante.

El propósito ahora, era el de filmar en escenarios naturales, lo que la imaginación aportaba. Para ello se utilizarían los actores necesarios, con el objeto de grabar sobre el terreno, para mezclar después estas tomas con las grabadas en los estudios de la productora.

Los visitantes que escalaban el acantilado, tomaban ahora carta de naturaleza, así como su entrada en la casa, dónde su origen, supuestamente extraterrestre, se haría constatar, así como los extraños sucesos que allí tuvieron lugar, y que según el guión, terminarían con su transmutación en seres humanos, cuyas intenciones estaban aún por descifrar.

Cuando el equipo de rodaje, compuesto por una caravana de varios vehículos, se fue acercando a la zona de los acantilados, los ojos de todos los integrantes se dispusieron para dirigir la mirada hacia dónde debía estar la mansión que había sido previamente grabada desde el aire.

Nada se divisaba. Una densa bruma se extendía al fondo, frente a ellos, como una pared inexpugnable, como una valla protectora que impedía ver lo que detrás de ella  se ocultaba. Avanzaron hasta situarse a escasa distancia de la siniestra niebla, del telón que los separaba del escenario dónde debían desarrollarse los acontecimientos a que hubiere lugar.

De improviso, el gigantesco obstáculo brumoso comenzó a retirarse, a retroceder, a la vez que se abría lateralmente, como si de una cortina o puerta corredera se tratase. El equipo, al completo bajó de sus vehículos, y contempló con asombro y estupor el espectáculo que se abría ante sus ojos.

La nada se descubrió ante ellos. Ni acantilados, ni mansión aparecían por ninguna parte. Un cielo distinto, de un azul intenso, poblado de puntos luminosos, de estrellas y de cuerpos celestes de variados tamaños, se alzó ante ellos.

No había horizonte. Es como si se hallaran inmersos en un mundo paralelo, como si hubiesen penetrado en una dimensión espacio temporal distinto.

Era un universo nuevo, diferente y hermoso, profundamente bello, que los atraía, y hacia el que se dirigieron avanzando lentamente, hasta traspasar una invisible y etérea capa que cedió al alargar la mano.

Sonrieron. Estaban en otro mundo, y se sentían felices. Una paz reconfortante los envolvió. Y no sintieron deseo alguno de volver.


La guarida de los lobos

               Aquella enigmática y misteriosa casa, había despertado en la gente del pueblo, distante apenas un par de kilómetros, todo tip...