domingo, 11 de abril de 2021

El muñeco de nieve

Los primeros rayos del sol, descubrieron la nívea blancura con la que apareció el idílico pueblecito, como recién pintado, cubierto con un espeso manto de nieve que durante toda la noche había ido cayendo en un silencio absoluto, apenas roto por el sutil canto de algún ave delos corrales y del bosque próximo, que yacerca del alba, avisaban a los vecinos de que un nuevo día comenzaba a clarear.

Enclavado en un largo y fértil valle, entre montañas de un gris azulado, cubiertas ahora de nieve, estaba recorrido por un río, ahora caudaloso por el deshielo, que lo bordeaba de este a oeste, y que brillaba de una intensa manera al amanecer, cuando el astro rey lo recorría con sus cálidos y luminosos rayos, que poco a poco se extendían por los bosques aledaños que cubrían las laderas del frondoso valle.

Comenzó a despertar la primera actividad en el pueblo, cuando el sol se encontraba en los riscos más altos que como centinelas, parecían estar siempre vigilantes en defensa de los ciudadanos, atentos siempre a sus movimientos durante el día y a velar su tranquilo sueño durante las largas noches del invierno, que acababa de comenzar.

La pequeña villa, más bien una aldea, con unos pocos centenares de habitantes, disponía sus calles en círculos, alrededor de la plaza, dónde se situaban los edificios más representativos, como el ayuntamiento y la iglesia, así como la panadería, la carnicería, y una tiendecita de ultramarinos.

En las afueras, junto a una amplia pradera, dónde en tiempos no muy lejanos se llevaron a cabolas labores de trillado de los cereales, se situaba una preciosa escuela donde los niños y niñas más pequeños pasaban sus días, aprendiendo las primeras letras, al tiempo que disfrutaban de unos alegres recreos en el verde y aledaño espacio del que disponían, ahora cubierto de nieve.

La vida discurría sin prisas en el tranquilo lugar, más aún en invierno, cuando las labores del campo se ralentizaban en gran medida. Las gentes se dedicaban ahora a cuidar a los animales y a mantener las huertas que poseían la mayoría de sus ciudadanos, y que más adelante les proveería de verduras, frutas y hortalizas, que recogerían en su momento.

El resto del tiempo, transcurría con la lentitud y tranquilidad propias de los pueblos pequeños, paseando por los caminos, sendas y veredas, que generalmente llevaban a los bosques, que durante casi todo el invierno estaban cubiertos por el blanco manto, y desde donde se visualizaba el pueblo hundido en el valle, como si de una postal se tratara, con el río rodeándolo como en un abrazo protector.

Por las noches, cuando las temperaturas bajaban a niveles muy bajos, a los que ya estaban acostumbrados, las sencillas gentes se apostaban al amor de la lumbre baja, atizando los rescoldos quela leña iba depositando y que después servirían para llenar el brasero que a la hora de la cena se colocaría debajo de la mesa en el agujero para él dispuesto, y que proporcionaría un agradable, delicioso y acogedor calor, que toda la familia agradecía y disfrutaba con fruición.

O salían al único bar del pueblo, a charlar con los vecinos mientras tomaban unos vinos o echaban una partida de cartas, mientras fuera, en las solitarias calles, la nieve seguía cayendo con una regularidad tal que hasta podrían contarse los gruesos copos que caían mansamente para depositarse en el suelo en completo silencio, como si no quisieran molestar a unos ciudadanos acostumbrados a este bello y níveo espectáculo que año tras año jamás faltaba a su cita invernal.

En la pequeña escuela, los niño y niñas, en un número que apenas superaba la decena, pasaban el día con las mesas dispuestas en arco, en torno a una gran estufa de leña situada en el centro, suficiente para caldear el aula, con el maestro presidiendo tan peculiar grupo, con el encerado detrás de él, donde les ponía los trabajos a llevar a cabo, y adonde salían los alumnos cuando así eran requeridos para resolver las cuestiones planteadas.

El recreo, tan anhelado por los pequeños, se desarrollaba en las eras que rodeaban la escuela, ahora cubiertas de nieve, con un alborozo nada simulado, lanzándose bolas de nieve los unos a los otros, que impactaban en sus cuerpos, mientras lanzaban gritos de alegría, auténticos combates en los que en ocasiones participaba también el maestro, una buena persona, ya mayor y muy afable, respetado y querido por sus alumnos y muy estimado y considerado en el pueblo.

Un día, decidieron todos de común acuerdo hacer un muñeco de nieve. Lo harían grande, muy grande. Buscaron una piedra de generosas dimensiones, que la harían rodar desde la parte más alta de las eras, hasta la escuela, que como estaba al final, en la parte llama, permitiría disponer de toda la pradera que estaba en cuesta abajo, en un plano inclinado ideal para tal fin.

Todos se pusieron a buscar por los alrededores. Al cabo de un rato, fueron regresando. Todos trajeron alguna piedra, aunque no todas reunían las medidas necesarias ni alcanzaban el tamaño en el que habían pensado. Al fin, llegó una de generosas dimensiones, que seguro cumplía las exigencias mínimas. La encontraron junto a un seto de piedra donde había varias caídas en la hierba.

No perdieron el tiempo. Se dirigieron a la parte más alta de la pradera, y desde allí, comenzaron a rodarla ladera abajo. Pronto necesitaron colaborar todos, turnándose en dicha labor, ya que no tardó en alcanzar un buen tamaño de tanta nieve como se iba acumulando, hasta alcanzar un considerable tamaño al llegar a la altura de la escuela, dónde la colocaron frente a la misma para que el muñeco fueravisible desde el interior.

Ya tenían el cuerpo, y ahora se disponían a preparar la cabeza, para la que dispusieron una piedra más pequeña, con la que llevaron a cabo la misma labor. Una vez la tuvieron preparada, la colocaron encima del cuerpo, cuidando de que quedara a él bien unida, y que el viento no la pudiera derribar, algo que consiguieron sin duda, y de lo que quedaron francamente satisfechos.

Consiguieron un sombrero de paja y una bufanda, que completó la imagen que perseguían, y que completaron con los ojos, la nariz y la boca, que llevaron a cabo mediante las piedrecitas adecuadas a tal efecto, con lo que quedó terminado, a expensas de que la baja temperatura lo mantuviera intacto, algo que parecía estar garantizado por el momento, así como el respeto a la integridad del mismo, algo que todos velarían por llevarlo a cabo.

La isla

Nadie pareció darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Nadie percibió los cambios que se estaban llevando a cabo en un entorno que estaba evolucionando a pasos agigantados, hasta tornarse en algo irreconocible e irreal, algo que iba a dar un definitivo giro a sus vidas.

No obstante, una leve pero constante e insistente sensación de inquietud, incierta e inexplicable, parecía llenar los primeros momentos en que los rayos del astro rey surgieron en el horizonte, y qué tan sólo la madre naturaleza sería capaz de interpretar a medida que la luz todo lo inundaba.

Fue al despertar, cuando los habitantes de la isla se dieron cuenta de que algo diferente, distinto al común de los días, estaba teniendo lugar allí afuera, a unos pasos de sus casas, dónde se encontraban cómodamente instalados.

Algo que apreciaba su instinto, y que les movía a continuar en sus lechos, sin deseo alguno de separar las sábanas que los cubrían, como si un oscuro presagio les indujera a ello, como si adivinasen que ya nada iba a ser igual, que iban a cambiar para siempre muchos aspectos de una existencia apacible y sosegada.

Desde hacía ya mucho tiempo, sus vidas se desenvolvían en una pequeña ínsula, separada del continente por apenas unos pocos kilómetros, que no obstante no impedían que en los días claros se percibiesen con facilidad los acantilados de aquel mundo tan próximo y tan lejano al mismo tiempo.

Para unir ambos territorios, un barco se desplazaba diariamente con una frecuencia fija, al menos dos veces al día, desde el pequeño puerto dónde se encontraban amarradas pequeñas embarcaciones, tanto de recreo como de pesca, arte que practicaban numerosos habitantes de la isla como medio de subsistencia.

Solamente cuando el mar picado y bravo, se mostraba intratable, con olas que superaban la medida aconsejable para navegar, los barcos renunciaban a aventurarse a salir, y atracaban en el pequeño y recatado puertecito, dónde estaban ha cubierto mecidos por el delicado y sutil oleaje.

Con las primera luces del alba, la isla pareció despertar al unísono, con sus pobladores abriendo tímida y lentamente las ventanas de su casas, como si sus presagios, no hubieran sido un sueño, sino una realidad incierta y descorazonadora aún por descubrir, una cierta angustia, una desazón inexplicable, ilógica e irracional.

Amaneció un día claro, luminoso, desprovisto de nubes y bruma, cristalino, de aquellos que permitían una visibilidad absoluta, total, que solía situar la costa continental como si estuviera a tiro de piedra, como si pudiéramos tocarla con las manos, como si fuera una continuación de la isla.

De improviso, alguien rompió el atronador silencio que todo lo envolvía. Fue un grito ensordecedor, lleno de oscuros presagios, seguido de otras manifestaciones de sorpresa que se iban sucediendo y multiplicando, a medida que ventanas y balcones iban abriéndose al nuevo día.

Todas las miradas,  casi al unísono, se dirigieron hacia el continente, hacia una costa que, por inercia, por costumbre, todos solían dirigir su primera mirada, casi por instinto, como si allí residiese el significado primero de sus vidas.

                Y es que, en definitiva, dependían en gran medida de ese territorio patriarcal, del que se sentían fieles seguidores, que no vasallos, pero que necesariamente marcaba el ritmo de sus vidas, y al que tenían que recurrir para casi todo,  con una obligatoria y pertinaz frecuencia.

Lo que vieron les obligó a mostrar un gesto de incredulidad y sorpresa que les heló la sangre, cuando con los ojos inmensamente abiertos, todos pudieron comprobar algo que les obligó a pellizcarse, a mirarse los unos a los otros como jamás lo habían hecho.

Para asegurarse de que no se trataba de un sueño, de que lo que tenían ante sus atónitas miradas era real, que sus sentidos no les estaba jugando una mala pasada, al unísono, abandonaron las terrazas, ventanas y balcones, y bajaron a la calle donde ya se acumulaba una multitud.

Todos se dirigieron hacia los puntos desde donde mejor se divisaba la tierra firme que parecía haberse esfumado, como por arte de magia, como si se hubiese disuelto cual azucarillo en agua de un mar que parecía dominarlo todo, allí donde antes se erigía la tierra firme.

El siguiente paso fue el de comprobar las comunicaciones de todo tipo, como medio de tratar de saber qué es lo que estaba pasando. El televisor, sin señal alguna, no emitía en ningún canal, las líneas de teléfono habían desaparecido, y la conexión a Internet, sencillamente era inexistente.

Todo parecía indicar que estaban aislados en un pequeño trozo de tierra, en la que sus ciudadanos dependían por completo de un continente que parecía haberse difuminado como por encanto, sin dejar rastro alguno, algo que se disponían a comprobar de inmediato.

Dispusieron el mejor barco a motor del puerto, y un grupo subió a bordo con la intención de dirigirse hacia la que hasta hace apenas unas horas constituía la tierra firme que siempre habían visualizado desde dónde ahora se encontraban.

Salieron del puerto en la dirección adecuada, y durante más de una hora, tiempo suficiente para arribar a la costa, avanzaron navegando en un mar en absoluta calma, sin que en ningún momento avistasen el mundo que se empeñaba en ocultarse a sus ávidos ojos.

Deberían hallarse ya, hacía tiempo, en la costa que se les negaba a la vista. No obstante continuaron avanzando sin hallar resto alguno de tierra. Todo parecía indicar que se hallaban sobre ella, que el mar la había cubierto por completo.

Después de varias horas bogando sin resultado alguno, desesperanzados e incrédulos, concluyeron que el océano había inundado el continente, que ahora se hallaba sumergido debajo de ellos, sin dejar el menor rastro de la tierra firme que siempre les había acompañado.

Decidieron volver a su isla, ahora solitaria en medio de una inmensa masa de agua, que posiblemente se habría apropiado de los continentes del hermoso planeta Tierra que ahora se habría convertido en un planeta donde el agua todo lo cubría, salvo quizás, con la única excepción de la isla a la que ahora retornaban.

Al despertar la mañana siguiente, lo primero que hicieron, sobresaltados y con la angustia aún instalada en sus atormentadas mentes, fue dirigirse a las ventanas, con la esperanza puesta en que todo hubiera sido un mal sueño.

La sorpresa fue de tal magnitud, que no pudieron articular palabra. Sólo un gesto de una incontenible sorpresa y de una desbordante y regocijada alegría, que les llevó a levantar los brazos en un gesto de inmensa satisfacción.

Allá, en la próxima lejanía, se visualizaban de nuevo los otrora desaparecidos acantilados que se mostraban espléndidos como nunca lo habían contemplado. Felizmente, todo había sido un mal sueño.

sábado, 10 de abril de 2021

El monasterio

 

Desde una de las torres del monasterio podía visualizarse todo el valle desde la increíble y sobrecogedora atalaya donde se hallaba enclavado desde tiempos inmemoriales. En la profunda hondonada, discurría un caudaloso río, que transportaba sus cristalinas aguas, entre los titánicos márgenes de una  imponente cadena montañosa, cuyas crestas se alternaban, como si lucharan entre sí por conquistar las nubes cercanas.

El formidable espectáculo de las altas cumbres, permanentemente nevadas, era sobrecogedor, acrecentando aún más el sentimiento de una quietud absoluta, de una soledad que nada ni nadie podía alterar, alejado como estaba de todo rastro de civilización que pudiera alterar su perpetuo silencio, lejos de la población, que a sus pies, parecía una estampa, un juguete, un punto lejano y blanco.

El río, muy caudaloso en invierno, discurría por la parte más profunda del valle, lentamente, zigzagueando, bordeando el pueblo y lamiendo la base del promontorio donde el monasterio, mucho más arriba ubicado, parecía un peñasco más, un risco gigantesco del que apenas sobresalían, más bien se adivinaban, las agujas y pináculos  de algunas de sus torres.

Se divisaba el río desde el cenobio, como si de una delgada línea plateada se tratara, de frescas y límpidas aguas que procedían en gran medida del deshielo de las montañas, que jamás se secaba, y que suponía una importante reserva de agua para las necesidades de los ciudadanos de la villa, de dónde procedía también la pesca que en él se llevaba a cabo, así como para otros menesteres.

Los accesos no eran fáciles, sino inmensamente complicados, con una inaccesible cadena de grandes riscos de dura piedra que rodeaban la pequeña meseta colgada de un alto y escarpado macizo, casi imposible, donde se hallaba el monasterio, en un equilibrio sumamente inestable, que destacaba a su vez sobre una colina arisca e intrincada que surgía del fondo del valle.

Su mole demás de siglos de antigüedad, parecía un mirador que se hubiese construido con el objeto de contemplar un soberbio espectáculo, único y majestuoso, en medio de un sistema de gigantes montañosos que lo rodeaban como en un duro y rocoso abrazo, que al mismo tiempo lo protegían de invasiones no deseadas, que habrían alterado su ansiada y necesaria tranquilidad.

Eran como titanes que hubiesen decidido dejar un espacio, el verde y largo valle, entre ellos, a modo de frontera que los separase en su continuo e infinitamente lento y eterno desplazamiento al que se hallaban sometidos por las fuerzas tectónicas, causantes del movimiento de las placas, que lenta e inexorablemente se trasladaban sobre el manto.

Millones de años transcurridos desde que comenzaron a distanciarse y empezaron a formarse los dos gigantes montañosos entre los que quedó el valle encerrado, por dónde comenzó a discurrir el río que con el tiempo abriría una auténtica grieta en su fondo, desgastándolo, erosionándolo, para conformar el lecho por dónde fluían las aguas procedentes de la nieve de las montañas aledañas.

Un espectáculo grandioso, soberbio y espectacularmente portentoso, que se podía vislumbrar desde los extremos del hermoso y grandioso  valle, formado por las dos titánicas formaciones montañosas y el verde valle, ahora teñido de blanco, con el pueblo y el río en él insertados, y en la pendiente de uno de los flancos de la cordillera, en su falda, muy arriba, en un colosal, intrincado y afilado promontorio, pendiendo, colgado y suspendido, en un equilibrio imposible, destacaba elmonasterio, con un aire misterioso y enigmático que causaba honda impresión.

Inaccesible por completo, era imposible distinguir alguna forma para poder acceder hasta donde estaba ubicado. Desde la base del enorme promontorio no se podía adivinar ninguna escalera practicada en la roca, por rústica que pudiera ser, ni otro camino practicable, ni facilidad alguna que pudiera permitirlo.

Tan sólo podían verse algunas cuevas, más bien agujeros en su ladera, que nadie se había atrevido a intentar investigar acercándose a ellas, y mucho menos entrar, por el respeto que imponía tan formidable y colosal espectáculo que se mostraba ante los pocos que se atrevían a acercarse a tan imponente y titánica construcción natural, a la que se llegaba después de escalar una larga y complicada colina que partía desde el fondo del valle.

El monasterio albergó en su momento a una nutrida partida de monjes, que los más ancianos del lugar recordaban cuando con muy poca frecuencia bajaban, nadie sabe cómo ni por dónde, para adquirir los enseres y alimentos que necesitaban para sobrevivir.

Lo hacían cubiertos por unos hábitos y unas capuchas que los cubrían por completo, de tal forma que apenas se les podía adivinar el rostro. Terminadas sus compras, retornaban subiendo pesadamente la escarpada ladera del valle, y desaparecían, nadie sabía cómo, en la base del gigantesco macizo sobre el cual se situaba el lúgubre y sombrío monasterio.

Esas apariciones habían cesado hace ya muchos años. Nadie los había vuelto a ver. Todos se preguntaban acerca de esta extraña situación, pero nadie se atrevía a intentar averiguarlo, ni había medios de llevarlo a cabo, aunque todo el mundo con frecuencia elevaba la vista hacia aquella increíble cima dónde continuaba impertérrita aquella formidable fortaleza de piedra.

Sin embargo, la vida parecía continuar allí. Resultaba imposible concebir que alguien pudiera subsistir sin alimentarse, ya que nada podría cultivarse en aquel mar de rocas, a una altura más que considerable. Sería imposible, pero fue el principal tema de conversación entre los ciudadanos, cuando un día sucedió lo increíble por inesperado.

Fue algo que heló la sangre de los que por primera vez contemplaron con ojos atónitos cómo de las chimeneas del monasterio que eran visibles, comenzó a salir humo. Los habitantes del pueblo salieron de sus casas para contemplar tan increíble e inesperado espectáculo que durante tanto tiempo había desaparecido de sus vistas, y que muy pocos lo habían llegado a ver.

Así continuó durante todo el día. No se percibían movimientos de ningún tipo. Las chimeneas continuaron expulsando humo sin interrupción. Un humo blanco y denso, que no se perdía en las alturas, sino que formaba nubes cada vez más espesas que fueron cubriendo el monasterio y la montaña entera.

Hasta que comenzó a bajar por la ladera. Lenta e inexorablemente discurría una masa blanquecina que ya alcanzaba un considerable espesor y anchura, dirigiéndose hacia el pueblo, dónde sus habitantes lo observaban con temor. En pocas horas, la gigantesca nube fue cubriendo todo el pueblo, mientras sus habitantes entraban precipitadamente en sus casas entre gritos de pavor.

De repente, el silencio se apoderó de todo. Nada parecía ya poseer vida. Ningún movimiento se observaba en todo el valle, desaparecido ahora por la formidable nube que proyectó una inmensa y siniestra sombra.

Menos en la montaña, dónde una prodigiosa e intensa luz la cubrió de improviso. Cuando despejó todo, el pueblo había desaparecido, y del monasterio no quedaba rastro alguno. Sólo el valle con su río quedó intacto, en la soledad más absoluta. Como hace un millón de años.

La pesadilla

 

La ciudad amaneció desierta. Las avenidas, calles y plazas, despertaban al nuevo día sin el menor atisbo de movimiento. Sin tráfico, ni peatones, ni ruido alguno, como si toda la vida hubiese huido, hubiese desaparecido de la gigantesca urbe, siempre tan bulliciosa y con una dinámica tan trepidante, que automóviles y gentes se confundían en sus calles como si de una única masa se tratara.

Apenas el nimio, mínimo y ahora tímido piar de los pocos pájaros y contadas aves, antes tan sonoros en su ajetreado luchar contra el ruido de la gran ciudad, se dejaban oír con una sutileza y una levedad que los hacía irreconocibles, como si se hubiesen dado cuenta de que algo extraño, desacostumbrado, e insólito estuviera aconteciendo en un mundo que ya no parecía el suyo.

Hasta los árboles que poblaban los paseos y bulevares, parecían conscientes de que algo inusual y distinto sucedía ese extraño y silencioso día. El viento pareció contagiarse de ese ambiente, hasta el punto que apenas sus hojas parecieron atreverse a susurrar un mínimo bisbiseo, antes tan sonoro y cantarín, y ahora en un ligero y levísimo arrullo, casi imperceptible.

No se percibía movimiento alguno en los edificios. Ninguna ventana abierta, ningún balcón, terraza, mirador, galeríao azotea, denotabaque la vida seguía aún allí, en las viviendas, en las casas, en sus estancias que ahoraparecían desiertas, sin aparente rastro de vida, cuando a estas horas, una febril actividad bullía por todas partes

Mientras tanto, el sol comenzaba a destacar por el horizonte, y las puertas de acceso de los inmuebles, de las fincas, de los portales, los garajes, las estaciones de tren, metro y autobús, aparecían desiertas, algo inusual, fuera de lo habitual y cotidiano, lo que resultaba insólito y sumamente sorprendente.

Sin embargo, los ciudadanos estaban ahí, en sus casas, sin atreverse a abrir las ventanas, ni dejar penetrar un mínimo rayo de luz que alegrase unas habitaciones sumidas en la penumbra y dónde sus ocupantes parecían sumamente ocupados y preocupados por mantenerse alejados de cualquier resquicio o transparencia que pudiera permitir adivinar lo que sucedía tras los muros de su vivienda.

Pendientes del televisor, todos los miembros seguían los comunicados que los representantes del gobierno emitían continuamente, conminando a la población a encerrarse en sus casas, con las ventanas y balcones cerrados, sin intentar salir, bajo amenaza de arresto inmediato, algo que sorprendía profundamente, por el hecho de que la ciudad estaba absolutamente desierta sin que ninguna fuerza de orden público se hiciera visible de forma alguna.

Los medios de comunicación, salvo un único canal de televisión, y unos números de teléfono que repetían durante las veinticuatro horas, para urgencias extremas que serían atendidas por fuerzas del ejército, que se ocuparían de la emergencia, si así lo consideraban necesario, aunque nadie podía percibir movimiento alguno en las calles.

Pero no era así. Ocultos en los lugares más inesperados y recónditos, día y noche se hallaban apostados los militares, que solamente abandonaban su posición en caso de extrema necesidad o de posibles alteraciones del orden público provocado por los ciudadanos que no respetaban el estado de sitio establecido y eran apresados de inmediato sin contemplaciones de ningún tipo.

La emisión de televisión se suspendió de improviso, dando paso a un al presidente del gobierno, que con gesto severo y voz firme, proclamó el fin del estado democrático que regía en el país, y que hizo extensivo al resto del mundo. La humanidad como tal, gobernada porseres humanos, había llegado a su fin. El estado social y de derecho, desaparecía para siempre. Nada quedaría del estado de bienestar, que se derrumbaría como un castillo de naipes.

Seres de otros mundos habían contactado con todos los gobiernos. Exigían de inmediato, previa espantosa demostración de sus inmensos poderes bélicos, la entrega del poder de todos los gobiernos del planeta Tierra. Ellos establecerían un único y despótico gobierno de alcance mundial, que no permitiría ninguna de las libertades hasta ahora disfrutadas por los ciudadanos del mundo.

Nada sería igual a partir de ahora. Nos convertiríamos en esclavos de una civilización de otra galaxia. Seres que no permitirían ninguna de las libertades disfrutadas hasta ahora por la inmensa mayoría de los países, que gozaban de una democracia avanzada. El mundo, tal y como lo han lo habíamos conocido hasta el presente, había tocado a su fin.

Así terminaba el último capítulo de la famosa serie que había tenido en vilo a millones de espectadores en medio mundo. Las audiencias denotaban que el éxito había sido total. Millones de personas habían llegado a confundir la ficción con la realidad, ante la pasmosa y escalofriante narración de los hechos, acompañados de unas soberbias imágenes genialmente filmadas por especialistas en el tema, que lograron impresionar profundamente a una población que vivió literalmente pegada al televisor mientras duró la emisión de la serie.

Satisfechos unos, y desencantados otros por un final que algunos juzgaron previsible y otros justamente lo contrario, los ciudadanos buscaron el cobijo de sus estancias para descansar, a la espera del día siguiente, que amaneció oscuro y silencioso, como jamás habían contemplado, cuando al abrir ventanas y balcones, elevaron la vista hacia un cielo cubierto totalmente por gigantescas naves que emitían un intenso zumbido, ante el asombro y el estupor de unos ciudadanos, que no daban crédito a la pesadilla que se avecinaba, que contemplaban sus apesadumbrados ojos.

El despertar

 

Apenas un tímido y leve rayo de luz penetraba por la ventana del dormitorio, cuando Andrés despertó en su cama, una fría y desapacible mañana de invierno. Era sábado, y no había prisa por levantarse, pero no obstante, sin saber por qué, decidió hacerlo.

Era una hora poco habitual en un día como éste de descanso, y más aún si se trataba de uno de esos días en los que se aprecia que la temperatura  ha bajado más, bastante más, hecho que se deducía al sacar los brazos fuera de las acogedoras sábanas para comprobar que la estancia se encontraba gélida, quizás más que de costumbre.

Algo indefinible parecía inquietarle particularmente en ese despertar, sin llegar a saber de qué se trataba, algo vagamente ligero e inquietante que le alarmaba y turbaba, que le rondaba en la mente de tal forma, que parecía no tener intención alguna de concretarse, como si se negase a admitir algo que prefería dejarlo olvidado en un rincón lejano del cerebro y no sacarlo a la luz para aparcarlo allí para siempre.

Prefirió no pensar. Giró su cabeza y a su lado contempló a Sole, su esposa, que dormía apacible y dulcemente. La contempló un largo rato con un gesto de honda tristeza, no sabía por qué, ignoraba el motivo, era como si desease decirle algo que preferiría evitar, que le rondaba en la cabeza y que curiosamente, aún ignoraba.

Le colocó las sábanas con un rápido y cuidadoso gesto con el fin de no hacerse notar, de no despertarla, de no inquietar el plácido sueño en el que se hallaba. Con un leve movimiento de las manos, separó la ropa de la cama que le cubría, se incorporó lentamente y girándose apoyó los pies en el suelo y se puso en pie.

Se dirigió a la silla donde habitualmente dejaba la ropa y tomando el albornoz se lo puso con premura, presa de un repentino escalofrío que le heló la sangre de tal forma que se vio obligado a presionar el pecho con ambos brazos tratando de contener los violentos espasmos que imaginaba le conducirían a una tiritera desenfrenada, que adivinaba ya y que le sumiría, en un estado tal, que necesitaría despertar a Sole, pues tal era su miedo y su ansiedad en ese momento.

No lo hizo finalmente, no podía hacerlo al verla tan dulcemente dormida, así que se dirigió por el pasillo, el salón y la cocina y los recorrió con pasos apresurados, ida y vuelta una y otra vez, hasta entrar en calor y conseguir sobreponerse

Entró en el cuarto de baño y se contempló en el espejo con suma atención. Fue entonces cuando lo entendió todo. Su mente se abrió como si de un libro que hubiera estado cerrado se tratara, y sacara a la luz los oscuros y ocultos presagios que le habían acechado en el despertar de esa fría mañana de invierno.

Su contenido, que hasta ese momento se le ocultaba, se mostró con toda su cruel dureza cuando por fin pudo recordar: era el primer día después del despido al que habían sometido a toda la plantilla de la empresa donde llevaba trabajando tantos años.

 Era uno más de los cincuenta despedidos, algo a lo que su mente parecía haberse negado a admitir esa mañana y que ahora salía a la luz con toda su crudeza. La fábrica había cerrado y nadie se había salvado. Todos, incluidos los directivos estaban en la calle.

Hacía tiempo que se oían rumores acerca de que la condenada crisis económica podía acabar con la actividad que allí se llevaba a cabo, que no había pedidos, que los números no cuadraban y que las pérdidas constantes acabarían en el cierre.

Se vio en la cola del paro, uno más en la interminable fila de hombres y mujeres de todas las edades, de todas las razas y nacionalidades, con caras de circunstancias, con la mirada extraviada, como si cada uno de ellos estuviera encerrado en su mundo interior haciéndose múltiples preguntas para las que, en su mayoría, no encontraban respuesta alguna.

Tenía cincuenta y tres años, con muchos aún por delante para la jubilación, que a él le correspondería a los sesenta y siete, o quién sabe, a lo mejor a los setenta, nada raro, teniendo en cuenta tal como estaba la Seguridad Social, algo que los medios de comunicación machacaban continuamente como una amenaza  y que acechaba a los trabajadores día sí y día también.

Andrés se veía incapaz de encontrar un nuevo trabajo. Con su edad, sin especialización alguna digna de considerar y con la cruel crisis económica campando por sus respetos, el raudal incesante de los despidos y la deteriorada situación social y económica por la que pasaba el País, no veía solución alguna, no encontraba un camino por dónde continuar, se encontraba en un callejón sin salida, abocado a un desempleo que le angustiaba y le llenaba de una inquietud que no podía manejar.

Nunca se había preocupado por reciclarse, por formarse, por mejorar su cualificación profesional, por tratar de mejorar sus conocimientos, por diversificarlos, algo que siempre podría repercutir positivamente en el devenir de su vida laboral.

No tenía afición alguna, salvo el fútbol, la televisión y la partida con los amigos. Sole y él iban al cine algún fin de semana, al teatro en muy contadas ocasiones y a tomar algo esporádicamente, y poco más.

Los días transcurrían monótonamente, de casa al trabajo y viceversa. En vacaciones, quince días al mar, ellos solos, ya que no habían tenido hijos, siempre al mismo apartamento que alquilaban desde hace ya muchos años.

Jamás había leído un libro, ni visitado un museo, ni frecuentado una biblioteca. Al contrario que Sole, que le encantaba leer, y que dedicaba mucho tiempo a esa maravillosa afición, según le decía ella, que nunca consiguió que se animase a leer. Él prefería ver la televisión y a lo sumo, algún periódico deportivo que compraba el domingo.

Andrés, le decía Sole, lee este libro, es de Miguel Delibes, te va a encantar, habla de la caza, de la vida en los pueblos, de la gente sencilla. Pero él se negaba. Déjame Sole, me aburre, no me gusta leer, no sé qué sacas de ahí, que le encuentras a la lectura.

 Y entonces le mostraba un libro muy pequeño, de muy reducidas dimensiones, de poesía, de un tal Federico García Lorca, con unos poemas pequeños, alegres, y de una gracia tan vivaz que llamaban a la sonrisa: Huye luna, luna, luna / que ya vienen los gitanos, o le hablaba de Antonio Machado: Caminante no hay camino / se hace camino al andar, o de Miguel Hernández: Andaluces de Jaén / aceituneros altivos.

Sole se esforzaba por ganarle para la lectura, pero nunca lo consiguió, recordaba ahora mirándose al espejo. Ahora que tanto tiempo tenía, que se tendría que enfrentar a todo un día completo, sin nada que hacer, sin saber cómo ocupar tanto tiempo con tan poco que hacer.

Después de más de treinta años trabajando ocho horas diarias, ahora el mundo se le echaba encima de tal forma que le abrumaba, le angustiaba y le horrorizaba al pensar que no sabría qué hacer.

¿Cómo conseguiría llenar tantas horas vacías? ¿Acabaría deprimiéndose como había oído que a tanta gente le ocurría? ¿Sería capaz de levantarse cada día sabiendo que nada tenía que hacer? Estas preguntas y otras muchas se hacía con frecuencia y para ninguna encontraba una respuesta que le tranquilizara.

Sole trabajaba también. Entre los dos, aunque no tenían un gran sueldo, vivían sin excesivas apreturas, pese a la hipoteca del piso y la letra del coche que habían renovado hacía ya bastante tiempo. Le resultaba tremendamente duro pensar que ella se levantaría cada mañana para ir a su trabajo y él se quedaría en la cama.

Le costaba admitirlo, consideraba que le resultaría insoportable. Sole tendría que mantener la casa y todos los gastos. ¿Pero y si a ella también la despedían? Era para volverse loco.

Anímate Andrés, le decía Sole, no te preocupes, encontrarás algo, ya lo verás, mientras tanto con mi sueldo iremos tirando, la hipoteca no es muy alta y ya nos quedan pocas letras del coche. Ya, Sole, pero mientras tanto, que voy a hacer, además, no hay trabajo para nadie, no lo hay para los jóvenes, así que imagínate para mí con la edad que tengo.

Se veía levantándose pesadamente, sin ganas, sin deseos de comenzar un largo día que ya había comenzado para su mujer hacía varias horas. Desayunaba sin apetito, se aseaba sin ánimo alguno y salía a dar un paseo por un parque cercano, donde se sentaba en un banco después de dar vueltas y más vueltas sin dejar de pensar en su situación, a la que no veía salida alguna.

La desesperación era su inseparable compañera a todas horas, en todo momento. Ahora se daba cuenta del tiempo que había perdido despreciando las aficiones a las que había renunciado y que Sole trató de inculcarle.

Además, no sabía hacer nada en la casa, ni cocinar, ni lavar la ropa, ni por supuesto plancharla. Sole le reñía con frecuencia sobre ello, pero siempre encontraba una excusa para evadirse. Ahora se consideraba un inútil y esto le martirizaba.

 Si ella llegara a tener algún problema en el trabajo, si la despidieran, si no entrara en casa ningún sueldo, qué sería de ellos. Llegaría un momento en que no podrían pagar la hipoteca. Se veía en la calle al lado de Sole, desahuciados, sin esperanza.

En esto estaba, cuando de improviso, despertó. Dio un salto en la cama y se incorporó sudoroso e inquieto. Nerviosamente miró a su lado, a la mesilla donde estaba el despertador. Eran las cuatro y media de la mañana y recordó que era jueves, que estaban en primavera y que se levantaba todos los días a las seis y media para ir a trabajar.

Volvió la cabeza hacia el otro lado y contempló largamente a Sole mirándola con una dulzura infinita. Estaba profundamente dormida. Le dio un cálido y amoroso beso en la mejilla y se ocultó entre las suaves y agradecidas sábanas. Todo había sido un sueño, un mal sueño, con un hermoso despertar.

La guarida de los lobos

               Aquella enigmática y misteriosa casa, había despertado en la gente del pueblo, distante apenas un par de kilómetros, todo tip...